Río Pilcomayo

Parque Nacional - Formosa
 
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Fotografías: Roberto R. Cinti

 


Nombre

Parque Nacional Río Pilcomayo

 

Ubicación

Se encuentra en el nordeste de la provincia de Formosa, entre los 25º 03´de latittud sur y los 58º 08´ de longitud oeste. El límite norte lo constituye el río Pilcomayo y una parte del noroeste el denominado río Pilcomayo Inferior o Sur. La parte que se encuentra recostada sobre el Pilcomayo limita con la República del Paraguay.

Los límites sur y este están constituidos por estancias y chacras de producción agropecuaria. La ciudad más próxima de mayor importancia es Clorinda, que se encuentra aproximadamente a unos 40 km y, a unos 150 km del Parque, se ubica Formosa, la capital provincial. Además, a menos de 20 km se encuentran las localidades de Laguna Blanca, Nai-neck y Palma Sola.

 

Superficie

La superficie total del Parque es de 47.454 hectáreas.

 

Fecha e instrumento legal de creación

El 29 de septiembre de 1951 se sanciona la Ley 14.073, mediante la cual se crea el Parque Nacional Río Pilcomayo (otorgándole 285.000ha.) con la finalidad de proteger pastizales, esteros, cañadas, lagunas y selvas en galería, típicos del Chaco Húmedo u Oriental.

En 1968, por ley 17.917, se excluyeron las zonas que, según expresan los fundamentos de dicha norma, se consideró que no reunían las características necesarias para ser Parque o Reserva, aduciendo que estaban profundamente transformadas por los pobladores que dedicaban la tierra a cultivos, explotación ganadera y hasta formación de núcleos urbanos. Se desafectaron, entonces, aproximadamente 200.000 ha de la parte este y quedaron, en la zona oeste, aproximadamente 50.000 ha. De este modo se perdió la mayor parte de esta gran unidad de conservación, ubicada en una de las  áreas de más alta diversidad biótica del país.

El 24 de abril de 1991 se publica en el Boletín Oficial la Ley Nº 23.919, mediante la cual se ratifica la Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas, firmada en la ciudad de Ramsar (Irán) el 2 de febrero de 1971 y luego modificada por el Protocolo de París, firmado el 3 de diciembre de 1982. En virtud de este acuerdo internacional el Parque Nacional Río Pilcomayo fue incluído en la Lista de Humedales de Importancia Internacional.

 

Relieve

La mesopotamia chaqueña delimitada por los ríos Pilcomayo y Bermejo es territorio de la provincia de Formosa, cuyo límite este lo constituye el río Paraguay, del cual aquéllos son tributarios. La llanura formoseña es parte de una gran cuenca de acumulación  -área de forma cóncava donde se depositan materiales orgánicos, inorgánicos o de otros orígenes– en la cual, sobre un basamento cristalino que se encuentra a distintas profundidades, se depositaron sedimentos de diverso origen y edad, sobre todo materiales recientes de origen fluvial y eólico. En este proceso los materiales edáficos se distribuyeron de la siguiente manera: en el este  predominan los limos y arcillas, que son relativamente finos y generadores de suelos de menor permeabilidad, mientras que en el oeste, son más gruesos y permeables. Los movimientos tectónicos que formaron los Andes generaron aquí líneas de falla más o menos paralelas a la del río Paraguay y también se observan escalonamientos (la geología los denomina “umbrales”)  de muy poca altura producidos por otros fenómenos geológicos. En este marco geomorfológico general se sitúa el Parque Nacional Río Pilcomayo, con las particularidades propias del espacio que nos ocupa y que se analizarán seguidamente.

La  leve pendiente general del área va del oeste hacia el este,  declive que lógicamente influye en la orientación de los ríos, cuyos cursos adoptan ese sentido de circulación. En la zona central, aun más plana, los desbordes del río Pilcomayo y las abundantes precipitaciones forman  grandes esteros y bañados que, cuando las lluvias son muy abundantes, se comunican entre sí a través de cursos de agua apenas encauzados. Contribuyen a la formación de estos humedales los albardones que bordean los cursos de agua. Esto hace de la región una enorme planicie salpicada por gran cantidad de esteros y zonas anegadizas.

El área del Parque, según la definen Morello y Adámoli (l968, 1973, 1974), es un enorme relieve fluvial, muy joven, elaborado por un sistema de ríos alóctonos que se ha impuesto sobre un ambiente de llanura muy chata.

El brazo sur del río Pilcomayo inferior, como tantos otros del este de la región chaqueña, construye su cauce por erosión retrocedente y se formó tempranamente. Así, Lange (1906) comprueba  en el terreno el retroceso del  Salto del Palmar y Tapia(1935), casi al mismo tiempo que Groeber (1941) plantea este origen para los ríos y arroyos que vuelcan sus aguas en los ríos Paraguay y Paraná.

La morfología del Parque se debe básicamente al tipo de actividad fluvial, actual o pasada. Hortt (1978) propone tres modelos para sectorizar la llanura chaqueña –comprendida entre el Teuco-Bermejo hacia el norte y el riacho Nogueira hacia el sur- de acuerdo al fenómeno señalado en el párrafo anterior. Las unidades geomorfológicas que considera este autor son tres. En primer lugar, las paleoplanicies fluviales, constituidas por superficies que contienen un curso de agua como principal vía de escurrimiento o por ambientes lénticos como los esteros. De esta división, lo más destacable es que los ríos constituyen por sí mismos el principal agente transformador de la morfología, puesto que la erosión o la deposición que producen genera la formación de meandros, madrejones y albardones, entre otros accidentes geofísicos. En cuanto a las zonas ocupadas por esteros, se señala que, si se divide la superficie del Parque en cuartos, el correspondiente al sector noreste carece de ellos y está cubierto por agua en forma permanente o semipermanente, con vegetación constituida por pajonales y herbáceas hidrófilas enmarcadas por zonas boscosas singularmente desarrolladas en forma más o menos lineal.

La segunda unidad geomorfológica que menciona el citado autor es la de los paleoderrames marginales, que son zonas más elevadas que actúan como divisorias de aguas. En estos paleoderrames se formaron suelos arcillosos con un horizonte superficial blando que es el afectado por los procesos erosivos.

La tercera unidad es la que denomina depresiones interderrames,  que ocupan amplios sectores, aunque las áreas afectadas por la actividad fluvial más o menos reciente son proporcionalmente mayores. De acuerdo al criterio de Hortt (op. cit.), estas depresiones pueden subdividirse en otras unidades menores que no se detallan por exceder el  tenor de este trabajo.

 

Hidrografía

El principal curso de agua del Parque es el río Pilcomayo, que conforma el extremo norte del área protegida. Este río nace a unos 4000 msnm, en el altiplano boliviano, donde las precipitaciones oscilan entre los 500 y los 700 mm anuales. Se alimenta principalmente del derretimiento de nieves y su curso, al llegar al fortín Nuevo Pilcomayo, se abre en varios subcauces y se vuelca, caudaloso, en el estero Patiño.

En el período de bajante, que dura alrededor de nueve meses al año, el río se corta en la región de los esteros, formando un paisaje con extensos bañados y lagunas, generalmente temporarios, porque sus aguas se desplazan  por una pendiente única a través de albardones bajos, evaporándose o infiltrándose al pasar. Así, el río pierde su cauce definido y se mezcla con las aguas del estero Patiño y las del bañado La Estrella.

Luego de este gran estero, cuando las crecientes desbordan el cauce, busca una salida a través del Pilcomayo inferior, del Brazo Norte o del Brazo Sur, del río Confuso Seco, del río Verde y otros, según pueda abrirse camino para su escurrimiento y luego retomar un cauce definido, como el que tiene al pasar por el Parque, hasta su desembocadura en el río Paraguay, al sur de Asunción.                                                                                

En el extremo sur del área protegida se encuentra la laguna Blanca, un cuerpo de agua de gran tamaño que se suma a la gran cantidad de humedales que cubren la superficie de este Parque (esteros Bellavista, Bacalda, Abadié y Poí) Esta circunstancia hace del lugar una zona muy propicia para la vida de gran de cantidad de aves acuáticas y para el asentamiento de aves migratorias que provienen del hemisferio norte, lo cual motivó  que se lo incluyera en la Lista de los Humedales de Importancia Internacional (Convención Ramsar). Existe un pequeño arroyo dentro del Parque denominado Zanjita.

 

Clima

El Parque se sitúa en una zona de clima subtropical templado. Las precipitaciones promedian los 1.200 mm. anuales y la temperatura media anual es de 23 C º. En época estival las temperaturas máximas pueden alcanzan los 40 Cº y los inviernos no están exentos de días con temperaturas bajo cero, con heladas.

La zona está afectada por el anticiclón del Atlántico Sur y por la baja térmica del continente sudamericano, que propician la formación de masas de aire tropical. La combinación de estas masas con las atlánticas polares determina el régimen de lluvias.

En cuanto a las precipitaciones, presentan una merma marcada en la estación invernal y dos picos de aumento, uno en el mes de marzo, más acentuado, y otro suave en el mes de noviembre.

Es importante destacar que el Parque se encuentra dentro del área de producción frecuente de tornados, pero no existe un buen registro de los mismos debido a la escasa población de la zona.

En cuanto al clima provincial en general, se observa que, por su extensión latitudinal,  el extremo noroeste está dentro de la zona tropical, en tanto la mayor parte del territorio se encuentra al sur del Trópico de Capricornio. Esta distancia con el Ecuador explica la inexistencia de marcadas diferencias estacionales en la duración de los días y las noches, que sí se producen en la intensidad de la insolación.

Es importante señalar que, al estar el oeste de la provincia afectado por un clima cálido tropical con estación seca, las lluvias de escaso monto se producen en el período estival, cuando la intensidad de evaporación es mayor a causa de las elevadas temperaturas. Esto produce un balance hídrico marcadamente deficitario, que tiene mucha influencia en el caudal de los ríos, muchos de los cuales llegan a la región oriental.

 

Flora

Desde el punto de vista florístico, el Parque Nacional Río Pilcomayo se ubica en la Eco-Región denominada Chaco Húmedo (PRODIA,1999). Cabrera (1976) denomina a esa misma zona Provincia Chaqueña, integrándola a una división mayor llamada Dominio Chaqueño. Ambas clasificaciones hacen referencia a una enorme llanura de aproximadamente 1.090.000 kilómetros cuadrados denominada Gran Chaco, que abarca parte de los territorios de la Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil. La región se caracteriza, a grandes rasgos, por ser una planicie formada por sedimentos geológicamente jóvenes (del cuaternario) que cubren una capa rocosa que, por el contrario, es muy antigua (era paleozoica). No obstante, se la puede dividir en otras subregiones por variaciones pluviométricas o de relieve. El caso que nos ocupa, como ya se mencionó, es el de la zona húmeda u oriental, cuya principal característica es recibir lluvias que oscilan entre los 900 y 1.200 mm. anuales y estar cubierta por gran cantidad de esteros, lagunas y bañados. La zona del Parque recibe agua de dos sistemas fluviales: el del río Paraguay por el este y el del sistema andino, a través del río Pilcomayo,  por la parte occidental.

Para describir la flora de este Parque debemos, previamente, caracterizar los ambientes más representativos del área. En primer lugar, sobre las márgenes del río Pilcomayo y de sus cauces o madrejones abandonados, muchos de los cuales pueden circunstancialmente volver a tener agua en las crecidas, aparece la selva en galería.

En estas formaciones hay árboles como el laurel (Ocotea syarcolens), el espina de corona (Gleditsia amorphoides), también conocido en lengua guaraní con los nombres de cambá-nambí o ivopé, el higuerón, agarra palo o ibapohí (Ficus luschnathiana) que es un árbol pariente del exótico gomero y muy útil porque muchas aves y murciélagos consumen sus frutos. Otros árboles comunes en estas selvas marginales son el guayaibí o guayaibí blanco (Patagonula americana), el chal-chal (Allophylus edulis), conocido en lengua guaraní como cocú, cuyo fruto es también muy consumido por las aves y especialmente por el zorzal, que por su afición a ellos recibe el nombre de “chalchalero”, el anchico colorado, angico o curupay-rá (que significa “parecido al curupay”), denominado científicamente Piptadenia rigida (algunos autores lo incluyen en el género Parapiptadenia), el ingá o ingá colorado (Inga uruguensis), el timbó colorado (Enterolobium contortisiliquum), el timbó blanco o palo flojo (Cathormion polyanthum) –para algunos autores Arthrosamanea polyantha-, el tarumá o espina de bañado (Citharexylum montevidense) ,muy utilizado como árbol ornamental en plazas, el sauce criollo o colorado ( Salix humboldtiana) y el  ñangapirí (Eugenia uniflora), entre muchos otros.

Como en toda selva, las lianas, enredaderas y epífitas ocupan gran parte de la masa boscosa y cada grupo mencionado está formado por una cantidad muy variada de especies. Las bromeliáceas, una familia cuyo miembro más conocido es el ananá, son abundantes en esta zona, donde aparecen cantidad de especies terrestres conocidas como chaguares, en tanto muchas otras, al ser epífitas, se encuentran en las alturas. Entre los chaguares se destaca, por su colorida flor y relativa abundancia, el ananá del monte (Pseudananas sagenarius), el llamado popularmente chaguar gancho (Bromelia serra) y el caraguatá o chaguar del aire (Aechmea distichantha). Los lugareños dan a estas plantas una gran utilidad, ya que extraen de sus hojas machacadas las fibras con las que fabrican bolsos y canastas. Entre las lianas, una de las más comunes es la barba de viejo (Clematis hilarii) y entre las orquídeas se destaca Brassavola pierrinii.

La segunda unidad ambiental son las isletas de monte, formadas por manchones irregulares de vegetación en los que predominan el quebracho blanco (Aspidosperma quebracho-blanco), el quebracho colorado chaqueño (Schinopsis balansae), el urunday (Astronium balansae), el guayacán (Caesalpinia paraguariensis), que se destaca por su vistoso follaje nuevo de tonalidad rojiza y un nombre guaraní (ivirá-verá –árbol que brilla–) que hace referencia a las manchas blancuzcas y de otras tonalidades que presenta su tronco. En las isletas de monte es común encontrar también ejemplares de algarrobo blanco (Prosopis alba) y algarrobo negro (Prosopis nigra), lapacho amarillo (Tabebuia pulcherrima) y rosado  (Tabebuia heptaphylla), palo  piedra (Diplokeleba floribunda), carandilla (Trithrinax biflabellata), molle (Schinus longifolius), chañar (Geoffroea decorticans), curupí o lecherón (Sapium haematospermun), cardón (Cereus uruguayanus), ibirá-pitá (Peltophorurm dubium) y otras especies de menor porte.

El suelo de este sector está poblado de caraguatáes, como en la selva en galería. Entre las espífitas no faltan los conspicuos claveles del aire (Tillandsia aeranthos, T. bandensis y T. stricta), y plantas trepadoras como la vistosa mburucuyá o pasionaria (Passiflora coerulea)

La tercera unidad florística que se destaca por cubrir la mayor parte del Parque son las sabanas con palmar, donde aparecen dos estratos, uno arbóreo discontinuo, formado por la palmera caranday (Copernicia alba) y otro herbáceo, con espartillares y pajonales densos, generalmente sujetos a inundaciones, con ejemplares aislados de algarrobo negro (Prosopis nigra), tatané (Pithecellobium scalare), aromito, espinillo de bañado o aromo (Acacia caven) que a veces forma pequeños bosquecillos, y lapacho amarillo (Tabebuia caraiba).

En la zona de pajonales encontramos varias especies del género Scirpus, como Schomnoplectus californicus y Scirpus spicatum,  entre muchas otras.

Como se comentó precedentemente, los palmares de caranday ocupan un vasto sector del Parque. Por esta razón, Copernicia alba es, de alguna forma, el emblema de este área protegida. Los lugareños aprovechan bien este legado de la naturaleza: los frutos maduros fermentados se emplean para fabricar una bebida, y el cogollo (fruto), comestible, se consume crudo o asado. Las hojas se usan para confeccionar sombreros y pantallas, en tanto los troncos se han utilizado para postes telefónicos y construcciones rurales. La raíz de la palma blanca o caranday también es empleada en medicina popular como diurético. La Copernicia alba, denominada “queic” en lengua toba, recibe  nombres comunes -e incluso el científico, “alba”- aparentemente contradictorios, dado que también se la denomina palma negra y palma colorada. Esto se debe a que el leño joven de la especie es blanquecino, pero luego, con la edad, se torna rojizo y, más tarde, negruzco. Esta palmera puede superar los 20 metros de altura, aunque su estándar es algo menor.

Los esteros, bañados y lagunas constituyen la cuarta unidad de la clasificación que seguimos para el análisis de la flora de este parque nacional. Los suelos de este sector están permanentemente inundados, por lo cual carecen de estrato arbóreo y su vegetación es hidrófila. Como representantes de la misma cabe mencionar a Thalia geniculata y Thalia multiflora, ambas llamadas popularmente peguajó, Typha latifolia –una de las muchas especies a las que se las llama totoras -, Rhynchospora corymbosa, Ludwigia sp., Begonia cucullata, Gymnocoronis spilanthoides – llamada jazmín de bañado -,  Juncus sp. – varias especies conocidas con los nombres de junco, junquillo o hunco, Senecio sp. –género comúnmente conocido como primavera, margarita de bañado y otros nombres- y, por último, Sagittaria montevidensi, llamada popularmente saeta o flecha de agua.

Entre las plantas flotantes encontramos la amapola de agua (Hydrocleys nymphoides),  el camalote (Eichhornia azurea), el jacinto de agua, aguapé-y o camalote (Eichhornia crassipes), el aguapé (Pontederia lanceolata), la estrella de agua o sanguinaria (Nymphoides indicum), la yerba del bicho, catay o hierba picante (Polygonum punctatum), Limnobium laevigatum; la  falsa verdolaga (Ludwigia peploides) y el helechito de agua (Azolla filiculoides) que, como cubre totalmente las superficies de agua, no permite detectarlas.

 

Fauna

La biodiversidad de la eco-región del Chaco húmedo es realmente cuantiosa. En esto desempeña un papel preponderante la gran variedad de ambientes que la zona ofrece como hábitat para la fauna. Al ser una zona de niveles pluviométricos altos, abundan espejos de agua de distinto tipo. Los esteros son formaciones con agua permanente, cuya altura depende de las lluvias, ocupados parcialmente por vegetación; las cañadas son terrenos bajos y funcionan como vías de escurrimiento; las zonas deprimidas con respecto a las áreas vecinas, que permanecen levemente cubiertas por agua gran parte de año y poseen abundante vegetación hidrófila, se denominan bañados, en tanto las lagunas son cuerpos de agua permanentes y poco profundos, lo que impide la formación de ambientes diferenciados.

Además de estos ambientes, los abundantes ríos y arroyos que en alguna época del año desbordan, crean lo que se denomina interfluvios, o sea, espacios entre dos corrientes de agua que se inundan en las crecidas . También hay terrenos elevados donde se desarrollan distintos tipos de formaciones boscosas o arbustivas. Como se advierte, los nichos ecológicos que ofrece la región son tan diversos que explican la diversidad faunística del área.

Comenzaremos por los vertebrados que tienen una estrecha vinculación con el medio acuático. Aquellos que la tengan circunstancialmente serán incluidos en la segunda parte.

Debemos hacer la salvedad de que las cifras mencionadas en cuanto a la cantidad de especies de cada grupo de vertebrados nunca son totalmente definitivas, por cuanto siempre se hacen observaciones –tanto por parte del personal de guardaparques como por investigadores– y, por ende, existe la posibilidad de nuevos hallazgos, al menos en lo que hace a los peces, anfibios y reptiles. Los mamíferos, principalmente, y las aves, están menos sujetos a esta eventualidad.

En cuanto al grupo de los peces (comprende tres Clases), se registraron 35 especies (Lanfiutti, 2000). Encabezan la lista los géneros Serrasalmus (pirañas) y Pimelodus (bagres) con tres especies cada uno, seguidos por Hoplostermun (cascarudos), Aequidens (chanchitas) y Astyanax (mojarras) con dos especies cada uno y, finalmente, 23 géneros con una sola especie, entre las que se encuentran algunas muy conocidas como la boga (Leporinus lacustris) y dos especies designadas con el mismo nombre común,  tararira, que son Hoplias malabaricus y Hoplerythrinus unitaeniatus.

La clase Amphibia (anfibios) la mencionamos en esta primera parte porque, aunque algunas especies no viven en contacto frecuente con el agua, todas pasan por este ambiente en estado embrionario (sólo muy pocas no lo hacen en todo el mundo).

En el Parque Nacional Río Pilcomayo la cantidad de anfibios supera las treinta especies. Se encuentran nueve especies del género Leptodactylus, la mayoría de ellas llamadas comúnmente ranas, exceptuando a las que se identifica vulgarmente con el nombres de rana chaqueña (Leptodactylus chaquensis), rana sapo (Leptodactylus bufonius), rana criolla (Leptodactylus ocellatus) y la llamada rana de bigotes (Leptodactylus mystacynus). Tres especies del género Bufo fueron censadas, destacándose el sapo buey o cururú por su gran tamaño (Bufo paracnemis); cinco especies del género Hyla , llamadas ranitas trepadoras por su capacidad para treparse con gran facilidad aún en superficies lisas como puede ser un vidrio¸ tres del género Scinax, también trepadoras; dos del género Phyllomedusa, denominadas rana mono, y varios géneros más con una especie cada uno. Es de destacar la presencia de Melanophryniscus stelzneri  o sapito de colores, de apenas tres centímetros de longitud, que se incluyó hace poco tiempo en la lista de anfibios del Parque y es considerada una especie de valor especial por su escasez.

Dentro de la clase Reptilia (reptiles) hay especies muy vinculadas al agua, como la tortuga de agua (Phrynops hilarii), perteneciente al orden Testudines (que agrupa a todas las tortugas). Crocodylia es otro orden de reptiles que incluye especies cuyo hábitat preferido es el agua. En este taxón se ubican las dos especies de yacarés que hay en la Argentina: el negro (Caiman yacare) y el overo o ñato (Caiman latirostris). Ambas especies frecuentan la laguna Blanca y los esteros, no así los otros tipos de ambientes acuáticos definidos al comienzo de este ítem.

La mayoría de los ofidios presentes en el área pertenecen a la familia Colubridae. De este grupo, están vinculadas con el medio acuático la ñacaniná de agua (Hydrodynastes gigas), la mboí-estero, también llamada culebra acuática (Helicops leopardinus), la culebra lineada, que recibe otros nombres como el de ñuazó o culebra verde y negra, cuyo nombre científico es Liophis poecilogyrus y, dentro de este género, cabe mencionar dos especies que frecuentan las inmediaciones de los cursos de agua: Liophis reginae y Liophis dilepis. Otra culebra que merodea los ambientes acuáticos es Thanmodynastes hypoconia, conocida localmente como falsa yarará. También podría mencionarse, por su cierta afinidad con los humedales, a la famosa víbora de la cruz, yarará grande, crucera o urutú en lengua guaraní (Bothrops alternatus). De la familia Boidae, la curiyú (Eunectes notaeus), que alcanza los 4 metros de longitud, es de hábitos acuáticos.

En la clase Mammalia (mamíferos) –para la cual se tomará como referencia el trabajo realizado por Heinonen Fortabat y Chebez (1997) y Heinonen Fortabat (2001)-  encontramos 6 especies vinculadas con el medio acuático: el osito lavador o aguará popé (Procyon cancrivorus), el lobito de río, lobito del Plata o lobo-pé (Lontra longicaudis), el carpincho (Hydrochaeris hydrochaeris), la nutria, coipo o quiyá (Myocastor coypus) y, dentro de los murciélagos, se alimentan de peces el Noctilio leporinus –murciélago pescador chico- y el Noctilio albiventris – murciélago pescador grande-.

Tomando como guía el inventario efectuado por López Lanas (1997), se hará una referencia somera, dada la cantidad de especies, a las aves del Parque Nacional Río Pilcomayo. Continuando con el criterio adoptado nombraremos la avifauna acuática. Se han registrado especies de las siguientes familias: Podicipedidae, sólo representada por el macá pico grueso (Podilymbus podiceps); Phalacrocoracidae, con el biguá (Phalacrocorax brasilianus); Anhingidae, que nos muestra el aninga o biguá víbora (Anhinga anhinga);  Anhimidae,  también con una sola especie, el chajá (Chauna torquata), casi siempre próximo a los suelos inundados y bañados; Anatidae, presente con diez especies, entre las que cabe mencionar por ser poco frecuentes al pato criollo o real (Cairina moschata), al sirirí vientre negro (Dendrocygna autumnalis), al pato crestudo (Sarkidiornis melanotos) y al pato de collar (Callonetta leucophrys). Además, como asiduos frecuentadores de los ambientes acuáticos, hay once especies  de la familia Ardeidae, que incluye al chiflón (Syrigma sibilatrix), seis garzas, el hocó colorado (Tigrisoma lineatum) y tres especies de los llamados mirasoles. De la familia Threskiornithidae hay seis especies, entre las que se destaca el tapicurú (Mesembrinibis cayennensis) y la bandurria mora (Theristicus caerulescens). La familia Ciconiidae está presente con tres especies de cigüeñas. De la familia Accipitridae, sólo se encuentran relacionados con los humedales el caracolero (Rostrhamus sociabilis) y el gavilán planeador (Circus buffoni). La familia Rallidae, la mayoría de cuyos integrantes están asociados a zonas húmedas, presenta en este Parque nueve especies. Dentro de este grupo hay que destacar que el burrito pico rojo (Neocrex erythrops) sólo se encuentra amparado, dentro de las áreas de jurisdicción nacional, en este Parque Nacional, que comparte la exclusividad con los parques nacionales Mburucuyá e Iguazú en cuanto a la protección de la pollona celeste (Porphyrula flavirostris). Otra curiosidad de este Parque es la presencia del ipequí (Heliornis fulica), perteneciente a la familia Heliornithidae, que al igual que la anterior sólo puede ser vista en los parques Iguazú y Pilcomayo. La familia Aramidae está presente con el carau (Aramus guarauna) como única especie y la familia Jacanidae con el Jacana jacana, que se distingue por su curiosa costumbre de caminar sobre las plantas acuáticas. La nómina continúa con el aguatero (Nycticryphes semicollaris), que integra la familia Rostratulidae. Los pitotoi, playeritos, la becasina común y los falaropos están en el área con seis especies pertenecientes a la familia Scolopacidae. El tero real (Himantopus melanurus) es la única especie de la familia Recurvirostridae vinculada con ambientes acuáticos. Dos son las especies que integran la familia Charadriidae. Además de las mencionadas, se vinculan con el agua los integrantes de las siguientes familias: Laridae (gaviotas), Rynchopidae (rayadores) y Alcedinidae (martín pescador).

Finalizada la reseña de la fauna relacionada con los humedales, se desarrollará lo concerniente a la que habita, preponderantemente, en el medio terrestre.

Respecto de los reptiles comenzamos, dentro del Orden Squamata, con la familia Teiidae. Dentro de ésta cabe mencionar al lagarto overo (Tupinambis merianae), al lagarto verde (Ameiva ameiva) y a las lagartijas verdes o teyús (Teius teyou y Teius oculatus). En la familia Scincidae hay una especie –Mabuya frenata–que es llamada comúnmente amberé o esquinco; en la Iguanidae encontramos al serrucho o teyú taragüí (Tropidurus  spinulosus) y la Polychridae cuenta con el renombrado falso camaleón (Polychrus acutirostris). Dentro del orden Testudinidae está la totuga terrestre común (Chelonoidis chilensis), incluída en la familia Testudinidae.

Entre los ofidios es importante mencionar a la víbora de coral (Micrurus phyrrocryptus), a la yarará común o yarará-í (Bothrops neuweidii), a la cascabel o campanilla (Crotalus durissus) y doce especies de la familia Colubridae, de hábitos no acuáticos.

El Parque alberga una importante mastofauna terrestre. De la familia de los felinos (Felidae) hay cuatro especies: el puma (Puma concolor), el ocelote o gato onza (Leopardus pardalis), el gato moro o yaguarundí (Herpailurus yagouaroundi) y el gato montés (Oncifelis geoffroyi). La familia de los cánidos –Canidae– se destaca en este parque por presentar a la especie de mayor envergadura de América: el aguará-guazú o lobo de crin (Crysocyon brachyurus) . Además, a esta familia pertenece también, y está presente en el área,  el zorro de monte (Cerdocyon thous).

De la familia Procyonidae se  encuentra el coatí (Nasua nasua) y de la Tapiridae, el anta o tapir (Tapirus terrestris). También encontramos en el área protegida tres especies de mustélidos (excluyendo al ya mencionado lobito de río): el hurón mayor o irará (Eira barbara), cuyas poblaciones son escasas en territorio chaqueño, el hurón menor (Galictis cuja) y el zorrino común (Conepatus chinga).

Dentro de los primates hay que nombrar a la familia Cebidae, que cuenta con tres especies: el ruidoso carayá o mono aullador (Alouatta caraya), el mono caí (Cebus apella) y el nocturno mirikiná (Aotus azarai), de tan sólo cuarenta centímetros de altura y una cola de treinta, sólo amparado, entre las áreas protegidas de jurisdicción nacional, por el Parque Nacional Río Pilcomayo.

Los pecaríes pertenecen a una familia denominada Tayassuidae y en el Parque se registró la presencia del pecarí de collar o morito (Pecari tajacu) y del pecarí labiado o chancho mojón (Tayassu pecari). La corzuela colorada (Mazama americana) forma parte de la familia Cervidae junto con la corzuela parda (Mazama gouazouibira), que son los únicos herbívoros del área.

Dentro del orden de los roedores (Rodentia) la familia más numerosa es Cricetidae, con once especies denominadas vulgarmente ratones, ratas, colilargos, lauchas y pericotes. Es de destacar, dentro de esta familia, la presencia del ratón cavador negruzco (Necromys temchuki), del colilargo chico (Oligoryzomys microtis) y de la laucha de estero (Pseudoryzomys simplex), cuya protección bajo jurisdicción nacional sólo está garantizada por este parque. Continuando con los roedores, la familia Caviidae presenta una sola especie, el cuis chico (Cavia aperea).

El orden Didelphimorphia –marsupiales-, grupo que sólo está en América y Oceanía, dentro del Parque presenta cuatro especies. La presencia de una de ellas, la comadrejita enana (Thylamys pusilla), está confirmada solamente dentro del P.N. Río Pilcomayo, y el registro es dudoso en otras dos áreas protegidas de jurisdicción nacional.

Un importante orden, exclusivamente americano, es Xenarthra, que incluye al conspicuo oso hormiguero o yurumí (Myrmecophaga tridactyla) y al oso melero, tamanduá o kaaguaré  (Tamandua tetredactyla) como únicos representantes de la familia Myrmecophagidae. Dentro del mismo orden cabe mencionar a la familia Dasipodydae, con cuatro especies de tatúes, una de las cuales, el tatú-piche (Cabassous chacoensis), es exclusiva de este Parque (excluyendo a los que no son de jurisdicción nacional). También está presente el orden Lagomorpha, con una sola especie de la familia Leporidae: el tapetí (Sylvilagus brasiliensis).

Para finalizar la nómina de los mamíferos de hábitos no acuáticos, se debe mencionar al orden Chiroptera -murciélagos- cuyas familias presentes en este Parque son: Phyllostomidae, con seis especies; Vespertilionidae, con siete especies y  Molossidae, con cinco especies.

Dentro de la avifauna aún no mencionada, están presentes en el Parque las siguientes familias: Tinamidae, con tres especies (macucos, tataupás,  inambúes y martinetas); Rheidae con sólo el ñandú (Rhea americana); Cathartidae (jotes), con tres especies; Accipitridae  (milanos, gavilanes, esparveros, aguiluchos, águilas y taguató), con aproximadamente 14 especies de presencia confirmada y tres de presencia dudosa. El aguilucho gris (Asturina nitida) sólo está protegido, dentro de las áreas nacionales, en este parque y en el Calilegua. Continuando la nómina de familias habitantes del área, debemos mencionar la Falconidae (caranchos, chimangos, matamicos, halcones y guaicurú), con seis especies; la Cracidae (charatas, pavas de monte, yacutingas, muitú y yacupoí), con dos especies, destacándose muy especialmente el muitú (Crax fasciolata), categorizado como “amenazado” en el ámbito nacional y sólo presente en este Parque; la Columbidae (palomas, torcazas, palomitas y yerutí), con siete especies presentes y una no confirmada -la yerutí colorada (Leptotila rufaxilla)-. También está presente la exótica paloma doméstica (Columba livia). La familia Psittacidae (cotorras, loros, guacamayos, calancates, chiripepés, jandaya y catitas) presenta  siete especies y una cuya presencia no está confirmada, el calancate frente dorada (Aratinga aurea). La familia Coccyzidae (cuclillos y tingazú) está presente con tres especies; la Crotophagidae (anós y pirincho), también con tres especies; la Neomorphidae (crespines y yasiyaterés) con una especie; la Tytonidae, con una especie; la Strigidae (alicucos, alilicucu, ñacurutú, lechuzas, lechuzón, caburé y lechucita) cuenta con seis especies, de las cuales el lechuzón negruzco (Asio stygius) sólo comparte su protección con la Reserva Natural Estricta San Antonio (en el ámbito de la jurisdicción nacional). El  renombrado urutaú común (Nyctibius griseus) es el único representante de la familia Nyctibiidae; los atajacaminos –familia Caprimulgidae– presentan cinco especies, de las cuales una es de presencia dudosa (Caprimulgus rufus); el vencejo de tormenta (Chaetura meridionalis) es el único representante de la familia Apodidae. Entre los picaflores, ermitaños, colibríes y coquetas –familia Trochilidae– encontramos en el Parque cinco especies (una de presencia dudosa); los surucuáes, de la familia Trogonidae, tienen dos; los durmilí –familia Bucconidae- una sola especie; los arasarí y tucanes –familia Ramphastidae–presentan sólo una especie y los carpinteros –familia Picidae-, trece. El carpintero garganta negra (Campephilus melanoleucus) habita sólo este área nacional protegida y el Parque Nacional Chaco.

La familia Dendrocolaptidae (arapasú, tarefero, chincheros, trepadores y picapalos) está presente con seis especies; la Furnaridae, que incluye a los llamados coluditos, colilarga, rayadito, remolineras, bandurritas, camineras, chotoy, pijuí, curutié, canasteros, espartilleros, espineros, tacuarero, pajonalera, ticotico, picolezna, raspahojas, crestudo, leñateros y cacholotes, se encuentra en el Parque con 13 especies de gran diversidad de tamaños y formas, pero con predominio de colores rojizos. La Familia Thamnophilidae (batarás, chororó, chocas y tiluchis) muestra en el área tres especies (una dudosa); la familia Rhinocryptidae solamente está presente con el gallito de collar (Melanopareia maximiliani), al igual que la Cotingidae, sólo representada por el cortarramas (Phytotoma rutila). La numerosa familia Tyrannidae (mosquetas, mosquitero, ladrillito, suiriríes, fiofíos, piojitos, tachuríes, doraditos, burlistos, churrinche, viudita, monjitas, dormilonas, yetapás, sobrepuesto, benteveos, anambés, tuerés y tijeretas) presentan aproximadamente 45 especies de muy variadas formas y coloridos. La familia Corvidae (urracas) está presente con una especie; la Vireonidae (juan chiviro y chiví), con dos; la familia Turdidae (zorzalitos y zorzales), con tres, y la familia Mimidae (calandrias) con dos especies de presencia permanente en el área. La familia Motacillidae incluye a las cachirlas, cuyo parecido entre sí es bastante marcado dado que todas tienen el dorso parduzco, la parte ventral más o menos ocrácea y el pecho con líneas oscuras. Esta familia cuenta con tres especies en el Parque. La familia Fringillidae, cuyos nombres comunes son: verderón, cabecita negra, cardelina y negrillo, muestra sólo al cabecita negra común (Carduelis magellanica); la familia Parulidae, que agrupa a los pitiayumí y arañeros, presenta cuatro especies en el Parque. Una de las familias más numerosas es la Emberizidae, que comprende a los llamados comúnmente chingolos, cachilo, cerqueros, cardenales, cardenilla, mielero, saí, fruteros, piorós, tangarás, fuegreros, celestino, naranjero, tersina, diadema, afrecheros, cachilo, pepiteros, comesebo, yal, soldadito, monterita. sietevestidos, jilguero, coludo, verdón, corbatita, capuchino, reinamora, espiguero y piquito de oro. Esta familia tiene aproximadamente treinta especies residentes en el área protegida, con una pocas de presencia no confirmada.

La nómina de familias de aves finaliza con la mención de los ictéridos -familia Icteridae- que son conocidos con los nombres comunes de boyero, yapú, matico, boyerito, tordo, loica, varillero, pecho colorado, pecho amarillo, federal, chopí y charlatán. Esta familia incluye varias especies de aves cuyas características generales son el gregarismo, la bullanguería, el plumaje vistoso con predominio del color negro y la construcción, por algunos de ellos, de grandes nidos colgantes muy llamativos. Cuentan con unas diecinueve especies en el Parque, una de las cuales requeriría confirmación, en tanto dos -el matico (Icterus icterus) y el tordo amarillo (Xanthopsar flavus)- han sido citadas sólo para este Parque.

Si bien todos los grupos faunísticos están presentes con abundantes especies, incluso muchas de ellas raras y de hábitat exclusivo en este Parque, las aves tal vez sean el grupo mejor representado.

 

Recursos culturales

Antiguamente, el noreste de la zona chaqueña estuvo ocupado por pueblos indígenas pertenecientes a una gran familia lingüística integrada por varias comunidades de origen patagónico, que se identifica con el nombre de guaycurú.

Mas no todos esos pueblos se quedaron en el lugar, sino que, por el contrario, algunos extendieron su hábitat fuera de lo que hoy es territorio argentino, como por ejemplo los belicosos abipones. Sólo permanecieron hasta nuestros días los mocovíes y, en mayor número, los tobas y los pilagáes (Canals Frau, 1986). El primitivo lugar de residencia de los abipones fue la ribera septentrional del río Bermejo inferior. Se sabe que a comienzos del siglo XVII adoptaron el caballo y comenzaron a trasladarse combatiendo a otras poblaciones indígenas y españolas. De este período quedan los testimonios del padre Dobrizhoffer, quien tuvo contacto permanente con ellos desde 1750 a 1762. La información más abundante que se tiene de estos habitantes primigenios proviene de los escritos, en latín, de este célebre misionero que los tituló “Historia de Abiponibus”. También los tobas adoptaron, por la misma época que los abipones, el caballo, y su población, que ocupaba todo el actual territorio formoseño, se concentró en el  este del mismo, ocupando, por ende,  las tierras del área actualmente protegida.

Los pilagáes son los únicos guaycurúes que todavía conservan parte de su cultura. Viven desde hace varios siglos en la parte central de Formosa, sobre la margen del río Pilcomayo, y se extendien hasta el estero Patiño.

Según lo expresado por Métraux (1944), debido a la gran riqueza biológica de nuestro chaco oriental, la recolección de productos agrestes fue la forma de vida casi exclusiva de estos aborígenes. Según Palavecino (1933), que convivió algún tiempo con los pilagáes, los productos más buscados eran los frutos del algarrobo, del chañar, del mistol, de la tusca (nombre que le daban a la Acacia caven), del molle y los cogollos de palmera. Las mujeres se dedicaban a su recolección y, al decir del citado autor, utilizaban como recipientes para trasportarla grandes bolsas confeccionadas con caraguatá y cuero de pecarí. También gustaban de la miel y de la carne, principalmente de tapir,  de venado y de pecarí. La forma de cazar era muy primitiva en cuanto a la utilización de armas; sólo usaban la macana –esto también vale para los mocovíes– para asestar un fuerte golpe a los animales que pasaban por el único lugar posible, dado que los iban cercando con fuego. También utilizaron el arco y la flecha y practicaban la pesca valiéndose principalmente de redes.

En cuanto a la lengua de los tobas, es conocida gracias al padre Bárzana, que a fines del siglo XVI redactó “Arte y Vocabulario de la lengua Toba”, obra que permaneció inédita por mucho tiempo hasta que el historiador Lafone Quevedo la publicó en 1893, utilizando el manuscrito que aún se conserva en la Biblioteca Bartolomé Mitre.

Avanzando más en el tiempo, la región donde actualmente se encuentra el Parque fue base para el asentamiento de productores agroforestales desde fines del siglo XIX, promovido por un hecho histórico. En 1879, la Villa Occidental (hoy Presidente Hayes) pasó a jurisdicción del Paraguay. Esta situación obligó a fundar las ciudades de Formosa y Fortín Fotheringham (hoy ciudad de Clorinda), frente a Asunción. Esto estimuló la colonización del este formoseño que, hasta entonces, estaba enteramente ocupado por los aborígenes mencionados precedentemente.

Antes de la fundación de aquellas ciudades, la zona había sido penetrada por los obrajeros asunceños para extraer madera de las selvas ribereñas. En 1871 existían 18 obrajes en la región  y, a comienzos del siglo XX, abundaban las chacras con plantaciones de cítricos sobre las márgenes de río Pilcomayo (Fasce, 1982 y Elguera, 1999).

Podría decirse que este proceso de colonización agrícola tuvo su culminación con la fundación de la misión “Tacaaglé”, en 1902, que se expande sobre vastas zonas del actual Parque Nacional.

Como consecuencia de esta  intrusión en el territorio formoseño, ya a principios del siglo XX comenzaron a desaparecer especies como el lobo gargantilla (Pteronura brasiliensis), el venado de las pampas (Ozotoceros bezoarticus), el ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus) y el yaguareté (Leo onça). Los avistajes posteriores de estos animales fueron siempre muy esporádicos.

 

Alternativas turísticas

En el área recreativa Laguna Blanca hay un campamento con mesas, sanitarios y fogones. Desde este sector se accede a pasarelas de madera que aproximan al visitante a las márgenes de la laguna, donde las posibilidades de avistar aves y cobrar buenas piezas de caza fotográfica son grandes. Tal vez algún yacaré asome, cauteloso, su hocico y sus ojos, o esté tomando sol entre la vegetación flotante de la laguna.

También existe un mangrullo que brinda una hermosa vista panorámica de la laguna y los ambientes que la circundan, como guajozales, totorales y las isletas de bosque que se presentan como manchas verdosas salpicadas de tanto en tanto por palmares de caranday. Es aconsejable ver, desde este lugar, los espectaculares atardeceres cuyas fotografías se difunden en folletos y publicaciones.

Desde las cercanías de la zona del camping parten algunos senderos que merecen ser recorridos. Entre ellos se destaca el sendero a la Laguna Blanca, al que se entra por pasarelas que atraviesan un peguajozal donde, con un poco de paciencia y de cautela, muy probablemente se puedan observar carpinchos y yacarés.

El sendero “Los Tesoros Ocultos de la Naturaleza” recorre una porción de monte con posibilidad de ver gran variedad de aves.

Para efectuar otros recorridos por el interior del Parque es conveniente asesorarse con los guardaparques, quienes aconsejarán los mejores itinerarios disponibles en ese momento.

 

Cómo llegar

Quienes provienen de Formosa (capital provincial) deberán tomar la ruta nacional Nº 11 hasta la localidad de Clorinda. Desde allí, la ruta nacional Nº 86 los conducirá hasta cerca del límite sur del Parque, en la localidad de Naick Neck. Desde este punto se deberá tomar un camino vecinal que llega al Parque después de recorrer unos 4 kilómetros.

Existe otra entrada que se encuentra cerca de la localidad de Laguna Blanca: se trata del Destacamento de Guardaparques Estero Poí, a la cual se llega también por la ruta 86.

Problemas de conservación

Se puede decir que, en alguna medida, el Parque Nacional Río Pilcomayo nació con su ambiente seriamente alterado. Como se indica en el ítem referente  a la creación del Parque, ésta se concretó -en los papeles- en septiembre de 1951, cuando Formosa todavía era Territorio Nacional. La ley de creación le asignó 285.000 hectáreas. La protección del lugar comenzó a ponerse en práctica trece años después, cuando Formosa ya era provincia. Durante ese período, el área siguió modificándose profundamente por la actividad agropecuaria, en tanto los centros urbanos como Clorinda, Laguna Blanca y Naick Neck aumentaban su población y se instalaban colonos en el área protegida. Luego, la provincia  influyó para que se redujera su superficie a las actuales 52.000 ha, ofreciendo a cambio 10.000 ha en el oeste de la provincia (lo que dio origen a la Reserva Natural Formosa). El problema de la hacienda de los pobladores que estaban dentro del Parque tardó muchos años en solucionarse y, mientras esto no ocurría, el ganado producía grandes alteraciones en el ambiente, e incluso se convirtió en hacienda chúcara en la soledad del monte.

Sólo en 1991, cuando las cuestiones legales finalizaron y los ganaderos debieron retirar sus animales, el problema llegó a su fin y la recuperación del área fue notable. No obstante, hasta hace poco tiempo aún quedaba ganado o se producía su ingreso esporádico en algún sector del Parque.

Algunos pobladores de la cercana localidad de Laguna Blanca incursionan en el área en busca de leña o madera y se dan casos de caza furtiva. Ante esta situación, se intensificaron las tareas de control y se recurrió al sistema de prevención más sustentable en el tiempo: la difusión entre las poblaciones cercanas de la importancia de un área protegida y de los beneficios indirectos que les puede proporcionar su permanencia.

La vecindad del límite norte del Parque con la República del Paraguay constituye un problema, dadas la diferencias en las políticas de conservación y legislativas entre aquel país y la Argentina. Hay sectores donde el río Pilcomayo apenas alcanza los 30 metros de ancho, lo cual facilita el paso de animales, tanto domésticos como salvajes. Puede ocurrir que un animal autóctono, con sólo cruzar el hilo de agua, se encuentre en un territorio donde no cuenta con la protección que le ofrece el Parque Nacional del lado argentino.

El fenómeno de insularidad que sufren muchas áreas protegidas de la Argentina también afecta a este Parque Nacional. En efecto, la unidad se encuentra totalmente rodeada de campos en los que se realizan actividades agropecuarias, por lo cual el tránsito de la fauna hacia otros sectores agrestes no es posible, además de carecer, por este mismo motivo, de zonas que amortigüen la actividad antrópica.

La extinción de especies en un área preservada de tamaño reducido es uno de los grandes problemas que las afectan. En este orden, resulta atinado considerar la diferencia que existe entre las especies de anfibios y reptiles, que por ser ectotermas (poseen un metabolismo bajo) pueden mantener poblaciones numerosas en pequeños espacios, con respecto a las endotermas (especies de mamíferos y de aves), con mayor demanda metabólica, a las que les cuesta mucho más mantenerse en una superficie relativamente pequeña. De este segundo grupo, los mamíferos de mayor tamaño son los más afectados por esta cuestión (Wilcox,1980).

Los especialistas como los frugívoros, o los que comen cantidades de insectos en o cerca del suelo, también están más expuestos a extinguirse en áreas de tamaño reducido (Willis,1979).

El avance del pastizal sobre otras formaciones también constituye un fenómeno recurrente un muchos parques y reservas, tanto nacionales como de otro rango. En el caso del área que nos ocupa, esto ocurre y los técnicos ven en el fuego controlado casi la única solución al problema. El sistema de manejo del fuego ya se está experimentando en otras áreas y los resultados son satisfactorios. También se había analizado la posibilidad de reintroducir el venado de las pampas (Ozotoceros bezoarticus) y el ciervo de los pantanos (Blastocerus dichutomus) para que ejerzan la función de herbivoría que otrora cumplian, pero esta alternativa es de difícil concreción y los resultados se verían a más largo plazo.

La presencia de especies exóticas vegetales como el paraíso (Melia azedarach),  Echinochloa crusgalli, Mormorica charantia y otras invasoras como el pasto estrella (Cynodon sp.) atentan contra la conservación del área. No hay especies exóticas de vertebrados, a excepción de las domésticas y el gando.

No menos agresivo para la preservación del ambiente que cualquiera de los problemas expuestos, es el fuego provocado por pobladores de campos vecinos, o el espontáneo que puede ocurrir bajo condiciones climáticas propicias.

Los fenómenos climáticos extremos, como grandes sequías, inundaciones o tornados, pueden tener efectos muy adversos sobre la fauna (Foster, 1980). Cuando se producen inundaciones –la más común de las catástrofes naturales en este Parque– los animales mayores siempre encuentran lugares donde refugiarse, dada la gran diversidad de ambientes de que disponen.

En lo que respecta a los incendios que pueden producirse durante las grandes sequías, tanto espontáneos como intencionales, resulta indispensable mantener bajo el nivel de biomasa vegetal para reducir al mínimo sus efectos.

 

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Investigación y Textos: Gabriel Omar Rodríguez     

Supervisión Técnica Honoraria: Juan Carlos Chebez