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Parque Nacional Río Pilcomayo
Ubicación
Se
encuentra en el
nordeste de la provincia
de Formosa, entre
los 25º 03´de
latittud sur y los
58º 08´
de longitud oeste.
El límite
norte lo constituye
el río Pilcomayo
y una parte del
noroeste el denominado
río Pilcomayo
Inferior o Sur.
La parte que se
encuentra recostada
sobre el Pilcomayo
limita con la República
del Paraguay.
Los
límites sur
y este están
constituidos por
estancias y chacras
de producción
agropecuaria. La
ciudad más
próxima de
mayor importancia
es Clorinda, que
se encuentra aproximadamente
a unos 40 km y,
a unos 150 km del
Parque, se ubica
Formosa, la capital
provincial. Además,
a menos de 20 km
se encuentran las
localidades de Laguna
Blanca, Nai-neck
y Palma Sola.
Superficie
La
superficie total
del Parque es de
47.454 hectáreas.
Fecha
e instrumento legal
de creación
El
29 de septiembre
de 1951 se sanciona
la Ley 14.073, mediante
la cual se crea
el Parque Nacional
Río Pilcomayo
(otorgándole
285.000ha.) con
la finalidad de
proteger pastizales,
esteros, cañadas,
lagunas y selvas
en galería,
típicos del
Chaco Húmedo
u Oriental.
En
1968, por ley 17.917,
se excluyeron las
zonas que, según
expresan los fundamentos
de dicha norma,
se consideró
que no reunían
las características
necesarias para
ser Parque o Reserva,
aduciendo que estaban
profundamente transformadas
por los pobladores
que dedicaban la
tierra a cultivos,
explotación
ganadera y hasta
formación
de núcleos
urbanos. Se desafectaron,
entonces, aproximadamente
200.000 ha de la
parte este y quedaron,
en la zona oeste,
aproximadamente
50.000 ha. De este
modo se perdió
la mayor parte de
esta gran unidad
de conservación,
ubicada en una de
las áreas de más alta diversidad
biótica del
país.
El
24 de abril de 1991
se publica en el
Boletín Oficial
la Ley Nº 23.919,
mediante la cual
se ratifica la Convención
Relativa a los Humedales
de Importancia Internacional
especialmente como
Hábitat de
Aves Acuáticas,
firmada en la ciudad
de Ramsar (Irán)
el 2 de febrero
de 1971 y luego
modificada por el
Protocolo de París,
firmado el 3 de
diciembre de 1982.
En virtud de este
acuerdo internacional
el Parque Nacional
Río Pilcomayo
fue incluído
en la Lista de Humedales
de Importancia Internacional.
Relieve
La
mesopotamia chaqueña
delimitada por los
ríos Pilcomayo
y Bermejo es territorio
de la provincia
de Formosa, cuyo
límite este
lo constituye el
río Paraguay,
del cual aquéllos
son tributarios.
La llanura formoseña
es parte de una
gran cuenca de acumulación -área de forma cóncava donde se depositan materiales
orgánicos,
inorgánicos
o de otros orígenes–
en la cual, sobre
un basamento cristalino
que se encuentra
a distintas profundidades,
se depositaron sedimentos
de diverso origen
y edad, sobre todo
materiales recientes
de origen fluvial
y eólico.
En este proceso
los materiales edáficos
se distribuyeron
de la siguiente
manera: en el este
predominan
los limos y arcillas,
que son relativamente
finos y generadores
de suelos de menor
permeabilidad, mientras
que en el oeste,
son más gruesos
y permeables. Los
movimientos tectónicos
que formaron los
Andes generaron
aquí líneas
de falla más
o menos paralelas
a la del río
Paraguay y también
se observan escalonamientos
(la geología
los denomina “umbrales”)
de muy poca
altura producidos
por otros fenómenos
geológicos.
En este marco geomorfológico
general se sitúa
el Parque Nacional
Río Pilcomayo,
con las particularidades
propias del espacio
que nos ocupa y
que se analizarán
seguidamente.
La leve pendiente general del área va del oeste hacia el
este,
declive que
lógicamente
influye en la orientación
de los ríos,
cuyos cursos adoptan
ese sentido de circulación.
En la zona central,
aun más plana,
los desbordes del
río Pilcomayo
y las abundantes
precipitaciones
forman
grandes esteros
y bañados
que, cuando las
lluvias son muy
abundantes, se comunican
entre sí
a través
de cursos de agua
apenas encauzados.
Contribuyen a la
formación
de estos humedales
los albardones que
bordean los cursos
de agua. Esto hace
de la región
una enorme planicie
salpicada por gran
cantidad de esteros
y zonas anegadizas.
El
área del
Parque, según
la definen Morello
y Adámoli
(l968, 1973, 1974),
es un enorme relieve
fluvial, muy joven,
elaborado por un
sistema de ríos
alóctonos
que se ha impuesto
sobre un ambiente
de llanura muy chata.
El
brazo sur del río
Pilcomayo inferior,
como tantos otros
del este de la región
chaqueña,
construye su cauce
por erosión
retrocedente y se
formó tempranamente.
Así, Lange
(1906) comprueba en el terreno el retroceso del Salto del Palmar y Tapia(1935), casi al
mismo tiempo que
Groeber (1941) plantea
este origen para
los ríos
y arroyos que vuelcan
sus aguas en los
ríos Paraguay
y Paraná.
La
morfología
del Parque se debe
básicamente
al tipo de actividad
fluvial, actual
o pasada. Hortt
(1978) propone tres
modelos para sectorizar
la llanura chaqueña
–comprendida
entre el Teuco-Bermejo
hacia el norte y
el riacho Nogueira
hacia el sur- de
acuerdo al fenómeno
señalado
en el párrafo
anterior. Las unidades
geomorfológicas
que considera este
autor son tres.
En primer lugar,
las paleoplanicies
fluviales,
constituidas por
superficies que
contienen un curso
de agua como principal
vía de escurrimiento
o por ambientes
lénticos
como los esteros.
De esta división,
lo más destacable
es que los ríos
constituyen por
sí mismos
el principal agente
transformador de
la morfología,
puesto que la erosión
o la deposición
que producen genera
la formación
de meandros, madrejones
y albardones, entre
otros accidentes
geofísicos.
En cuanto a las
zonas ocupadas por
esteros, se señala
que, si se divide
la superficie del
Parque en cuartos,
el correspondiente
al sector noreste
carece de ellos
y está cubierto
por agua en forma
permanente o semipermanente,
con vegetación
constituida por
pajonales y herbáceas
hidrófilas
enmarcadas por zonas
boscosas singularmente
desarrolladas en
forma más
o menos lineal.
La
segunda unidad geomorfológica
que menciona el
citado autor es
la de los paleoderrames
marginales,
que son zonas más
elevadas que actúan
como divisorias
de aguas. En estos
paleoderrames se
formaron suelos
arcillosos con un
horizonte superficial
blando que es el
afectado por los
procesos erosivos.
La
tercera unidad es
la que denomina
depresiones interderrames,
que ocupan
amplios sectores,
aunque las áreas
afectadas por la
actividad fluvial
más o menos
reciente son proporcionalmente
mayores. De acuerdo
al criterio de Hortt
(op. cit.), estas
depresiones pueden
subdividirse en
otras unidades menores
que no se detallan
por exceder el tenor de este trabajo.
Hidrografía
El
principal curso
de agua del Parque
es el río
Pilcomayo, que conforma
el extremo norte
del área
protegida. Este
río nace
a unos 4000 msnm,
en el altiplano
boliviano, donde
las precipitaciones
oscilan entre los
500 y los 700 mm
anuales. Se alimenta
principalmente del
derretimiento de
nieves y su curso,
al llegar al fortín
Nuevo Pilcomayo,
se abre en varios
subcauces y se vuelca,
caudaloso, en el
estero Patiño.
En
el período
de bajante, que
dura alrededor de
nueve meses al año,
el río se
corta en la región
de los esteros,
formando un paisaje
con extensos bañados
y lagunas, generalmente
temporarios, porque
sus aguas se desplazan por una pendiente única a través
de albardones bajos,
evaporándose
o infiltrándose
al pasar. Así,
el río pierde
su cauce definido
y se mezcla con
las aguas del estero
Patiño y
las del bañado
La Estrella.
Luego
de este gran estero,
cuando las crecientes
desbordan el cauce,
busca una salida
a través
del Pilcomayo inferior,
del Brazo Norte
o del Brazo Sur,
del río Confuso
Seco, del río
Verde y otros, según
pueda abrirse camino
para su escurrimiento
y luego retomar
un cauce definido,
como el que tiene
al pasar por el
Parque, hasta su
desembocadura en
el río Paraguay,
al sur de Asunción.
En
el extremo sur del
área protegida
se encuentra la
laguna Blanca, un
cuerpo de agua de
gran tamaño
que se suma a la
gran cantidad de
humedales que cubren
la superficie de
este Parque (esteros
Bellavista, Bacalda,
Abadié y
Poí) Esta
circunstancia hace
del lugar una zona
muy propicia para
la vida de gran
de cantidad de aves
acuáticas
y para el asentamiento
de aves migratorias
que provienen del
hemisferio norte,
lo cual motivó que se lo incluyera en la Lista de los
Humedales de Importancia
Internacional (Convención
Ramsar). Existe
un pequeño
arroyo dentro del
Parque denominado
Zanjita.
Clima
El
Parque se sitúa
en una zona de clima
subtropical templado.
Las precipitaciones
promedian los 1.200
mm. anuales y la
temperatura media
anual es de 23 C
º. En época
estival las temperaturas
máximas pueden
alcanzan los 40
Cº y los inviernos
no están
exentos de días
con temperaturas
bajo cero, con heladas.
La
zona está
afectada por el
anticiclón
del Atlántico
Sur y por la baja
térmica del
continente sudamericano,
que propician la
formación
de masas de aire
tropical. La combinación
de estas masas con
las atlánticas
polares determina
el régimen
de lluvias.
En
cuanto a las precipitaciones,
presentan una merma
marcada en la estación
invernal y dos picos
de aumento, uno
en el mes de marzo,
más acentuado,
y otro suave en
el mes de noviembre.
Es
importante destacar
que el Parque se
encuentra dentro
del área
de producción
frecuente de tornados,
pero no existe un
buen registro de
los mismos debido
a la escasa población
de la zona.
En
cuanto al clima
provincial en general,
se observa que,
por su extensión
latitudinal, el extremo noroeste está dentro
de la zona tropical,
en tanto la mayor
parte del territorio
se encuentra al
sur del Trópico
de Capricornio.
Esta distancia con
el Ecuador explica
la inexistencia
de marcadas diferencias
estacionales en
la duración
de los días
y las noches, que
sí se producen
en la intensidad
de la insolación.
Es
importante señalar
que, al estar el
oeste de la provincia
afectado por un
clima cálido
tropical con estación
seca, las lluvias
de escaso monto
se producen en el
período estival,
cuando la intensidad
de evaporación
es mayor a causa
de las elevadas
temperaturas. Esto
produce un balance
hídrico marcadamente
deficitario, que
tiene mucha influencia
en el caudal de
los ríos,
muchos de los cuales
llegan a la región
oriental.
Flora
Desde
el punto de vista
florístico,
el Parque Nacional
Río Pilcomayo
se ubica en la Eco-Región
denominada Chaco
Húmedo (PRODIA,1999).
Cabrera (1976) denomina
a esa misma zona
Provincia Chaqueña,
integrándola
a una división
mayor llamada Dominio
Chaqueño.
Ambas clasificaciones
hacen referencia
a una enorme llanura
de aproximadamente
1.090.000 kilómetros
cuadrados denominada
Gran Chaco, que
abarca parte de
los territorios
de la Argentina,
Paraguay, Bolivia
y Brasil. La región
se caracteriza,
a grandes rasgos,
por ser una planicie
formada por sedimentos
geológicamente
jóvenes (del
cuaternario) que
cubren una capa
rocosa que, por
el contrario, es
muy antigua (era
paleozoica). No
obstante, se la
puede dividir en
otras subregiones
por variaciones
pluviométricas
o de relieve. El
caso que nos ocupa,
como ya se mencionó,
es el de la zona
húmeda u
oriental, cuya principal
característica
es recibir lluvias
que oscilan entre
los 900 y 1.200
mm. anuales y estar
cubierta por gran
cantidad de esteros,
lagunas y bañados.
La zona del Parque
recibe agua de dos
sistemas fluviales:
el del río
Paraguay por el
este y el del sistema
andino, a través
del río Pilcomayo, por la parte occidental.
Para
describir la flora
de este Parque debemos,
previamente, caracterizar
los ambientes más
representativos
del área.
En primer lugar,
sobre las márgenes
del río Pilcomayo
y de sus cauces
o madrejones abandonados,
muchos de los cuales
pueden circunstancialmente
volver a tener agua
en las crecidas,
aparece la selva
en galería.
En
estas formaciones
hay árboles
como el laurel (Ocotea
syarcolens),
el espina de corona
(Gleditsia
amorphoides),
también
conocido en lengua
guaraní con
los nombres de cambá-nambí
o ivopé,
el higuerón,
agarra palo o ibapohí
(Ficus luschnathiana)
que es un árbol
pariente del exótico
gomero y muy útil
porque muchas aves
y murciélagos
consumen sus frutos.
Otros árboles
comunes en estas
selvas marginales
son el guayaibí
o guayaibí
blanco (Patagonula
americana),
el chal-chal (Allophylus
edulis), conocido en lengua guaraní
como cocú,
cuyo fruto es también
muy consumido por
las aves y especialmente
por el zorzal, que
por su afición
a ellos recibe el
nombre de “chalchalero”,
el anchico colorado,
angico o curupay-rá
(que significa “parecido
al curupay”),
denominado científicamente
Piptadenia rigida
(algunos autores
lo incluyen en el
género Parapiptadenia), el ingá o ingá colorado (Inga
uruguensis),
el timbó
colorado (Enterolobium
contortisiliquum),
el timbó
blanco o palo flojo
(Cathormion polyanthum) –para algunos autores Arthrosamanea
polyantha-,
el tarumá
o espina de bañado
(Citharexylum
montevidense) ,muy
utilizado como árbol
ornamental en plazas,
el sauce criollo
o colorado ( Salix
humboldtiana)
y el
ñangapirí
(Eugenia uniflora),
entre muchos otros.
Como
en toda selva, las
lianas, enredaderas
y epífitas
ocupan gran parte
de la masa boscosa
y cada grupo mencionado
está formado
por una cantidad
muy variada de especies.
Las bromeliáceas,
una familia cuyo
miembro más
conocido es el ananá,
son abundantes en
esta zona, donde
aparecen cantidad
de especies terrestres
conocidas como chaguares,
en tanto muchas
otras, al ser epífitas,
se encuentran en
las alturas. Entre
los chaguares se
destaca, por su
colorida flor y
relativa abundancia,
el ananá
del monte (Pseudananas
sagenarius),
el llamado popularmente
chaguar gancho (Bromelia
serra) y el
caraguatá
o chaguar del aire
(Aechmea distichantha).
Los lugareños
dan a estas plantas
una gran utilidad,
ya que extraen de
sus hojas machacadas
las fibras con las
que fabrican bolsos
y canastas. Entre
las lianas, una
de las más
comunes es la barba
de viejo (Clematis
hilarii) y entre
las orquídeas
se destaca Brassavola
pierrinii.
La
segunda unidad ambiental
son las isletas
de monte, formadas
por manchones irregulares
de vegetación
en los que predominan
el quebracho blanco
(Aspidosperma
quebracho-blanco),
el quebracho colorado
chaqueño
(Schinopsis balansae),
el urunday (Astronium
balansae), el
guayacán
(Caesalpinia
paraguariensis), que se destaca por su vistoso follaje nuevo de tonalidad
rojiza y un nombre
guaraní (ivirá-verá
–árbol
que brilla–)
que hace referencia
a las manchas blancuzcas
y de otras tonalidades
que presenta su
tronco. En las isletas
de monte es común
encontrar también
ejemplares de algarrobo
blanco (Prosopis
alba)
y algarrobo negro
(Prosopis nigra),
lapacho amarillo
(Tabebuia pulcherrima)
y rosado (Tabebuia heptaphylla), palo piedra (Diplokeleba floribunda), carandilla (Trithrinax
biflabellata),
molle (Schinus
longifolius), chañar (Geoffroea decorticans),
curupí o
lecherón
(Sapium haematospermun),
cardón (Cereus
uruguayanus),
ibirá-pitá
(Peltophorurm
dubium) y otras
especies de menor
porte.
El
suelo de este sector
está poblado
de caraguatáes,
como en la selva
en galería.
Entre las espífitas
no faltan los conspicuos
claveles del aire
(Tillandsia
aeranthos, T.
bandensis y T. stricta),
y plantas trepadoras
como la vistosa
mburucuyá
o pasionaria (Passiflora
coerulea)
La
tercera unidad florística
que se destaca por
cubrir la mayor
parte del Parque
son las sabanas
con palmar, donde
aparecen dos estratos,
uno arbóreo
discontinuo, formado
por la palmera caranday
(Copernicia alba) y otro herbáceo, con espartillares
y pajonales densos,
generalmente sujetos
a inundaciones,
con ejemplares aislados
de algarrobo negro
(Prosopis nigra),
tatané (Pithecellobium
scalare),
aromito, espinillo
de bañado
o aromo (Acacia
caven) que a
veces forma pequeños
bosquecillos, y
lapacho amarillo
(Tabebuia caraiba).
En
la zona de pajonales
encontramos varias
especies del género
Scirpus,
como Schomnoplectus
californicus y
Scirpus spicatum, entre muchas
otras.
Como
se comentó
precedentemente,
los palmares de
caranday ocupan
un vasto sector
del Parque. Por
esta razón,
Copernicia alba
es, de alguna forma,
el emblema de este
área protegida.
Los lugareños
aprovechan bien
este legado de la
naturaleza: los
frutos maduros fermentados
se emplean para
fabricar una bebida,
y el cogollo (fruto),
comestible, se consume
crudo o asado. Las
hojas se usan para
confeccionar sombreros
y pantallas, en
tanto los troncos
se han utilizado
para postes telefónicos
y construcciones
rurales. La raíz
de la palma blanca
o caranday también
es empleada en medicina
popular como diurético.
La Copernicia
alba, denominada
“queic”
en lengua toba,
recibe
nombres comunes
-e incluso el científico,
“alba”-
aparentemente contradictorios,
dado que también
se la denomina palma
negra y palma colorada.
Esto se debe a que
el leño joven
de la especie es
blanquecino, pero
luego, con la edad,
se torna rojizo
y, más tarde,
negruzco. Esta palmera
puede superar los
20 metros de altura,
aunque su estándar
es algo menor.
Los
esteros, bañados
y lagunas constituyen
la cuarta unidad
de la clasificación
que seguimos para
el análisis
de la flora de este
parque nacional.
Los suelos de este
sector están
permanentemente
inundados, por lo
cual carecen de
estrato arbóreo
y su vegetación
es hidrófila.
Como representantes
de la misma cabe
mencionar a Thalia
geniculata y Thalia
multiflora,
ambas llamadas popularmente
peguajó,
Typha latifolia
–una de las
muchas especies
a las que se las
llama totoras -,
Rhynchospora
corymbosa, Ludwigia
sp., Begonia
cucullata, Gymnocoronis
spilanthoides –
llamada jazmín de bañado -, Juncus sp.
– varias especies
conocidas con los
nombres de junco,
junquillo o hunco,
Senecio sp.
–género
comúnmente
conocido como primavera,
margarita de bañado
y otros nombres-
y, por último,
Sagittaria montevidensi,
llamada popularmente
saeta o flecha de
agua.
Entre
las plantas flotantes
encontramos la amapola
de agua (Hydrocleys
nymphoides), el camalote (Eichhornia azurea), el jacinto de agua,
aguapé-y
o camalote (Eichhornia
crassipes),
el aguapé
(Pontederia lanceolata),
la estrella de agua
o sanguinaria (Nymphoides
indicum), la
yerba del bicho,
catay o hierba picante
(Polygonum punctatum),
Limnobium laevigatum;
la falsa verdolaga (Ludwigia peploides) y el helechito
de agua (Azolla
filiculoides)
que, como cubre
totalmente las superficies
de agua, no permite
detectarlas.
Fauna
La
biodiversidad de
la eco-región
del Chaco húmedo
es realmente cuantiosa.
En esto desempeña
un papel preponderante
la gran variedad
de ambientes que
la zona ofrece como
hábitat para
la fauna. Al ser
una zona de niveles
pluviométricos
altos, abundan espejos
de agua de distinto
tipo. Los esteros
son formaciones
con agua permanente,
cuya altura depende
de las lluvias,
ocupados parcialmente
por vegetación;
las cañadas
son terrenos bajos
y funcionan como
vías de escurrimiento;
las zonas deprimidas
con respecto a las
áreas vecinas,
que permanecen levemente
cubiertas por agua
gran parte de año
y poseen abundante
vegetación
hidrófila,
se denominan bañados,
en tanto las lagunas
son cuerpos de agua
permanentes y poco
profundos, lo que
impide la formación
de ambientes diferenciados.
Además
de estos ambientes,
los abundantes ríos
y arroyos que en
alguna época
del año desbordan,
crean lo que se
denomina interfluvios,
o sea, espacios
entre dos corrientes
de agua que se inundan
en las crecidas
. También
hay terrenos elevados
donde se desarrollan
distintos tipos
de formaciones boscosas
o arbustivas. Como
se advierte, los
nichos ecológicos
que ofrece la región
son tan diversos
que explican la
diversidad faunística
del área.
Comenzaremos
por los vertebrados
que tienen una estrecha
vinculación
con el medio acuático.
Aquellos que la
tengan circunstancialmente
serán incluidos
en la segunda parte.
Debemos
hacer la salvedad
de que las cifras
mencionadas en cuanto
a la cantidad de
especies de cada
grupo de vertebrados
nunca son totalmente
definitivas, por
cuanto siempre se
hacen observaciones
–tanto por
parte del personal
de guardaparques
como por investigadores–
y, por ende, existe
la posibilidad de
nuevos hallazgos,
al menos en lo que
hace a los peces,
anfibios y reptiles.
Los mamíferos,
principalmente,
y las aves, están
menos sujetos a
esta eventualidad.
En
cuanto al grupo
de los peces (comprende
tres Clases), se
registraron 35 especies
(Lanfiutti, 2000).
Encabezan la lista
los géneros
Serrasalmus
(pirañas)
y Pimelodus
(bagres) con tres
especies cada uno,
seguidos por Hoplostermun
(cascarudos),
Aequidens
(chanchitas) y Astyanax
(mojarras) con
dos especies cada
uno y, finalmente,
23 géneros
con una sola especie,
entre las que se
encuentran algunas
muy conocidas como
la boga (Leporinus
lacustris) y
dos especies designadas
con el mismo nombre
común,
tararira,
que son Hoplias
malabaricus y
Hoplerythrinus unitaeniatus.
La
clase Amphibia
(anfibios) la mencionamos
en esta primera
parte porque, aunque
algunas especies
no viven en contacto
frecuente con el
agua, todas pasan
por este ambiente
en estado embrionario
(sólo muy
pocas no lo hacen
en todo el mundo).
En
el Parque Nacional
Río Pilcomayo
la cantidad de anfibios
supera las treinta
especies. Se encuentran
nueve especies del
género Leptodactylus,
la mayoría
de ellas llamadas
comúnmente
ranas, exceptuando
a las que se identifica
vulgarmente con
el nombres de rana
chaqueña
(Leptodactylus
chaquensis),
rana sapo (Leptodactylus
bufonius), rana
criolla (Leptodactylus
ocellatus) y
la llamada rana
de bigotes (Leptodactylus
mystacynus).
Tres especies del
género Bufo
fueron censadas,
destacándose
el sapo buey o cururú
por su gran tamaño
(Bufo paracnemis);
cinco especies del
género Hyla , llamadas ranitas trepadoras por su capacidad
para treparse con
gran facilidad aún
en superficies lisas
como puede ser un
vidrio¸ tres
del género
Scinax,
también trepadoras;
dos del género
Phyllomedusa, denominadas rana mono, y varios géneros
más con una
especie cada uno.
Es de destacar la
presencia de Melanophryniscus
stelzneri o sapito de colores, de apenas tres centímetros
de longitud, que
se incluyó
hace poco tiempo
en la lista de anfibios
del Parque y es
considerada una
especie de valor
especial por su
escasez.
Dentro
de la clase Reptilia
(reptiles) hay especies
muy vinculadas al
agua, como la tortuga
de agua (Phrynops
hilarii), perteneciente
al orden Testudines
(que agrupa a todas
las tortugas). Crocodylia es otro orden de reptiles que incluye especies
cuyo hábitat
preferido es el
agua. En este taxón
se ubican las dos
especies de yacarés
que hay en la Argentina:
el negro (Caiman
yacare)
y el overo o ñato
(Caiman latirostris).
Ambas especies frecuentan
la laguna Blanca
y los esteros, no
así los otros
tipos de ambientes
acuáticos
definidos al comienzo
de este ítem.
La
mayoría de
los ofidios presentes
en el área
pertenecen a la
familia Colubridae.
De este grupo, están
vinculadas con el
medio acuático
la ñacaniná
de agua (Hydrodynastes
gigas), la mboí-estero, también llamada
culebra acuática
(Helicops leopardinus),
la culebra lineada,
que recibe otros
nombres como el
de ñuazó
o culebra verde
y negra, cuyo nombre
científico
es Liophis
poecilogyrus
y, dentro de este
género, cabe
mencionar dos especies
que frecuentan las
inmediaciones de
los cursos de agua:
Liophis reginae
y Liophis
dilepis. Otra
culebra que merodea
los ambientes acuáticos
es Thanmodynastes
hypoconia, conocida
localmente como
falsa yarará.
También podría
mencionarse, por
su cierta afinidad
con los humedales,
a la famosa víbora
de la cruz, yarará
grande, crucera
o urutú en
lengua guaraní
(Bothrops alternatus).
De la familia
Boidae, la curiyú
(Eunectes notaeus),
que alcanza los
4 metros de longitud,
es de hábitos
acuáticos.
En
la clase Mammalia
(mamíferos)
–para la cual
se tomará
como referencia
el trabajo realizado
por Heinonen Fortabat
y Chebez (1997)
y Heinonen Fortabat
(2001)- encontramos 6 especies vinculadas con
el medio acuático:
el osito lavador
o aguará
popé (Procyon
cancrivorus),
el lobito de río,
lobito del Plata
o lobo-pé
(Lontra longicaudis),
el carpincho (Hydrochaeris
hydrochaeris),
la nutria, coipo
o quiyá (Myocastor
coypus) y, dentro
de los murciélagos,
se alimentan de
peces el Noctilio
leporinus –murciélago
pescador chico-
y el Noctilio
albiventris
– murciélago
pescador grande-.
Tomando
como guía
el inventario efectuado
por López
Lanas (1997), se
hará una
referencia somera,
dada la cantidad
de especies, a las
aves del Parque
Nacional Río
Pilcomayo. Continuando
con el criterio
adoptado nombraremos
la avifauna acuática.
Se han registrado
especies de las
siguientes familias:
Podicipedidae,
sólo
representada
por el macá
pico grueso (Podilymbus
podiceps); Phalacrocoracidae,
con el biguá
(Phalacrocorax
brasilianus);
Anhingidae, que nos muestra el aninga o biguá víbora
(Anhinga anhinga); Anhimidae, también con una sola especie, el chajá (Chauna
torquata), casi
siempre próximo
a los suelos inundados
y bañados;
Anatidae,
presente con diez
especies, entre
las que cabe mencionar
por ser poco frecuentes
al pato criollo
o real (Cairina
moschata), al sirirí vientre negro (Dendrocygna
autumnalis),
al pato crestudo
(Sarkidiornis
melanotos) y
al pato de collar
(Callonetta leucophrys).
Además, como
asiduos frecuentadores
de los ambientes
acuáticos,
hay once especies de la familia Ardeidae, que
incluye al chiflón
(Syrigma sibilatrix), seis garzas, el hocó colorado
(Tigrisoma lineatum)
y tres especies
de los llamados
mirasoles. De la
familia Threskiornithidae
hay seis especies,
entre las que se
destaca el tapicurú
(Mesembrinibis
cayennensis)
y la bandurria mora
(Theristicus
caerulescens).
La familia Ciconiidae está presente con tres especies de
cigüeñas.
De la familia Accipitridae,
sólo
se encuentran relacionados
con los humedales
el caracolero (Rostrhamus
sociabilis)
y el gavilán
planeador (Circus
buffoni). La familia Rallidae,
la mayoría
de cuyos integrantes
están asociados
a zonas húmedas,
presenta en este
Parque nueve especies.
Dentro de este grupo
hay que destacar
que el burrito pico
rojo (Neocrex erythrops) sólo se encuentra
amparado, dentro
de las áreas
de jurisdicción
nacional, en este
Parque Nacional,
que comparte la
exclusividad con
los parques nacionales
Mburucuyá
e Iguazú
en cuanto a la protección
de la pollona celeste
(Porphyrula flavirostris).
Otra curiosidad
de este Parque es
la presencia del
ipequí (Heliornis
fulica), perteneciente
a la familia Heliornithidae,
que al igual
que la anterior
sólo puede
ser vista en los
parques Iguazú
y Pilcomayo. La
familia Aramidae está presente con el carau (Aramus
guarauna)
como única
especie y la familia
Jacanidae con el Jacana jacana,
que se distingue
por su curiosa costumbre
de caminar sobre
las plantas acuáticas.
La nómina
continúa
con el aguatero
(Nycticryphes
semicollaris),
que integra la familia
Rostratulidae.
Los pitotoi, playeritos,
la becasina común
y los falaropos
están en
el área con
seis especies pertenecientes
a la familia Scolopacidae.
El tero real (Himantopus
melanurus)
es la única
especie de la familia
Recurvirostridae
vinculada con ambientes acuáticos.
Dos son las especies
que integran la
familia Charadriidae.
Además de
las mencionadas,
se vinculan con
el agua los integrantes
de las siguientes
familias: Laridae
(gaviotas),
Rynchopidae (rayadores)
y Alcedinidae
(martín
pescador).
Finalizada
la reseña
de la fauna relacionada
con los humedales,
se desarrollará
lo concerniente
a la que habita,
preponderantemente,
en el medio terrestre.
Respecto
de los reptiles
comenzamos, dentro
del Orden Squamata, con la familia Teiidae.
Dentro de ésta
cabe mencionar al
lagarto overo (Tupinambis
merianae), al
lagarto verde (Ameiva
ameiva) y a
las lagartijas verdes
o teyús (Teius
teyou y Teius
oculatus).
En la familia
Scincidae hay
una especie –Mabuya
frenata–que
es llamada comúnmente
amberé o
esquinco; en la
Iguanidae
encontramos al serrucho
o teyú taragüí
(Tropidurus spinulosus) y la Polychridae
cuenta con el renombrado
falso camaleón
(Polychrus acutirostris).
Dentro del orden
Testudinidae
está
la totuga terrestre
común (Chelonoidis
chilensis),
incluída
en la familia Testudinidae.
Entre
los ofidios es importante
mencionar a la víbora
de coral (Micrurus
phyrrocryptus),
a la yarará
común o yarará-í
(Bothrops neuweidii),
a la cascabel o
campanilla (Crotalus
durissus) y doce especies de la familia Colubridae,
de hábitos
no acuáticos.
El
Parque alberga una
importante mastofauna
terrestre. De la
familia de los felinos
(Felidae)
hay cuatro especies:
el puma (Puma
concolor), el ocelote o gato onza (Leopardus pardalis),
el gato moro o yaguarundí
(Herpailurus
yagouaroundi)
y el gato montés
(Oncifelis geoffroyi).
La familia de los
cánidos –Canidae–
se destaca en este
parque por presentar
a la especie de
mayor envergadura
de América:
el aguará-guazú
o lobo de crin (Crysocyon
brachyurus)
. Además,
a esta familia pertenece
también,
y está presente
en el área,
el zorro
de monte (Cerdocyon
thous).
De
la familia Procyonidae
se encuentra el coatí (Nasua nasua)
y de la Tapiridae, el anta o tapir (Tapirus terrestris).
También encontramos
en el área
protegida tres especies
de mustélidos
(excluyendo al ya
mencionado lobito
de río):
el hurón
mayor o irará
(Eira barbara),
cuyas poblaciones
son escasas en territorio
chaqueño,
el hurón
menor (Galictis
cuja) y el zorrino común (Conepatus
chinga).
Dentro
de los primates
hay que nombrar
a la familia Cebidae, que cuenta con tres especies: el ruidoso
carayá o
mono aullador (Alouatta
caraya),
el mono caí
(Cebus apella)
y el nocturno mirikiná
(Aotus azarai), de tan sólo cuarenta centímetros
de altura y una
cola de treinta,
sólo amparado,
entre las áreas
protegidas de jurisdicción
nacional, por el
Parque Nacional
Río Pilcomayo.
Los
pecaríes
pertenecen a una
familia denominada
Tayassuidae y en el Parque se registró la
presencia del pecarí
de collar o morito
(Pecari tajacu)
y del pecarí
labiado o chancho
mojón (Tayassu
pecari). La
corzuela colorada
(Mazama americana)
forma parte de la
familia Cervidae junto con la corzuela parda (Mazama
gouazouibira),
que son los únicos
herbívoros
del área.
Dentro
del orden de los
roedores (Rodentia)
la familia más
numerosa es Cricetidae, con once especies denominadas vulgarmente
ratones, ratas,
colilargos, lauchas
y pericotes. Es
de destacar, dentro
de esta familia,
la presencia del
ratón cavador
negruzco (Necromys
temchuki),
del colilargo chico
(Oligoryzomys
microtis)
y de la laucha de
estero (Pseudoryzomys
simplex), cuya protección bajo jurisdicción
nacional sólo
está garantizada
por este parque.
Continuando con
los roedores, la
familia Caviidae
presenta una sola
especie, el cuis
chico (Cavia
aperea).
El
orden Didelphimorphia
–marsupiales-,
grupo que sólo
está en América
y Oceanía,
dentro del Parque
presenta cuatro
especies. La presencia
de una de ellas,
la comadrejita enana
(Thylamys pusilla), está confirmada solamente dentro
del P.N. Río
Pilcomayo, y el
registro es dudoso
en otras dos áreas
protegidas de jurisdicción
nacional.
Un
importante orden,
exclusivamente americano,
es Xenarthra, que incluye al conspicuo oso hormiguero o
yurumí (Myrmecophaga
tridactyla)
y al oso melero,
tamanduá
o kaaguaré (Tamandua tetredactyla) como únicos representantes
de la familia Myrmecophagidae. Dentro del mismo orden cabe mencionar a la
familia Dasipodydae,
con cuatro especies
de tatúes,
una de las cuales,
el tatú-piche
(Cabassous chacoensis),
es exclusiva de
este Parque (excluyendo
a los que no son
de jurisdicción
nacional). También
está presente
el orden Lagomorpha,
con una sola especie
de la familia Leporidae: el tapetí (Sylvilagus brasiliensis).
Para
finalizar la nómina
de los mamíferos
de hábitos
no acuáticos,
se debe mencionar
al orden Chiroptera
-murciélagos- cuyas familias presentes
en este Parque son:
Phyllostomidae,
con seis especies;
Vespertilionidae,
con siete especies
y Molossidae, con cinco especies.
Dentro
de la avifauna aún
no mencionada, están
presentes en el
Parque las siguientes
familias: Tinamidae,
con tres especies
(macucos, tataupás,
inambúes
y martinetas); Rheidae
con sólo
el ñandú
(Rhea americana);
Cathartidae (jotes),
con tres especies;
Accipitridae (milanos, gavilanes, esparveros, aguiluchos, águilas
y taguató),
con aproximadamente
14 especies de presencia
confirmada y tres
de presencia dudosa.
El aguilucho gris
(Asturina nitida)
sólo está
protegido, dentro
de las áreas
nacionales, en este
parque y en el Calilegua.
Continuando la nómina
de familias habitantes
del área,
debemos mencionar
la Falconidae (caranchos, chimangos, matamicos, halcones
y guaicurú),
con seis especies;
la Cracidae
(charatas, pavas
de monte, yacutingas,
muitú y yacupoí),
con dos especies,
destacándose
muy especialmente
el muitú
(Crax fasciolata),
categorizado como
“amenazado”
en el ámbito
nacional y sólo
presente en este
Parque; la Columbidae (palomas, torcazas, palomitas y yerutí),
con siete especies
presentes y una
no confirmada -la
yerutí colorada
(Leptotila rufaxilla)-.
También está
presente la exótica
paloma doméstica
(Columba livia).
La familia Psittacidae (cotorras, loros, guacamayos, calancates,
chiripepés,
jandaya y catitas)
presenta siete especies y una cuya presencia no está confirmada,
el calancate frente
dorada (Aratinga
aurea).
La familia Coccyzidae
(cuclillos y tingazú)
está presente
con tres especies;
la Crotophagidae
(anós y pirincho),
también con
tres especies; la
Neomorphidae
(crespines y yasiyaterés)
con una especie;
la Tytonidae, con una especie; la Strigidae (alicucos,
alilicucu, ñacurutú,
lechuzas, lechuzón,
caburé y
lechucita) cuenta
con seis especies,
de las cuales el
lechuzón
negruzco (Asio
stygius) sólo
comparte su protección
con la Reserva Natural
Estricta San Antonio
(en el ámbito
de la jurisdicción
nacional). El renombrado urutaú común
(Nyctibius griseus)
es el único
representante de
la familia Nyctibiidae;
los atajacaminos
–familia Caprimulgidae– presentan cinco especies, de las cuales
una es de presencia
dudosa (Caprimulgus
rufus);
el vencejo de tormenta
(Chaetura meridionalis)
es el único
representante de
la familia Apodidae.
Entre los picaflores,
ermitaños,
colibríes
y coquetas –familia
Trochilidae–
encontramos en el
Parque cinco especies
(una de presencia
dudosa); los surucuáes,
de la familia Trogonidae, tienen dos; los durmilí –familia
Bucconidae-
una sola especie;
los arasarí
y tucanes –familia
Ramphastidae–presentan
sólo una
especie y los carpinteros
–familia Picidae-,
trece. El carpintero
garganta negra (Campephilus
melanoleucus)
habita sólo
este área
nacional protegida
y el Parque Nacional
Chaco.
La
familia Dendrocolaptidae
(arapasú,
tarefero, chincheros,
trepadores y picapalos)
está presente
con seis especies;
la Furnaridae,
que incluye a los
llamados coluditos,
colilarga, rayadito,
remolineras, bandurritas,
camineras, chotoy,
pijuí, curutié,
canasteros, espartilleros,
espineros, tacuarero,
pajonalera, ticotico,
picolezna, raspahojas,
crestudo, leñateros
y cacholotes, se
encuentra en el
Parque con 13 especies
de gran diversidad
de tamaños
y formas, pero con
predominio de colores
rojizos. La Familia
Thamnophilidae
(batarás,
chororó,
chocas y tiluchis)
muestra en el área
tres especies (una
dudosa); la familia
Rhinocryptidae solamente está presente con
el gallito de collar
(Melanopareia
maximiliani),
al igual que la
Cotingidae,
sólo representada
por el cortarramas
(Phytotoma rutila).
La numerosa familia
Tyrannidae (mosquetas,
mosquitero, ladrillito,
suiriríes,
fiofíos,
piojitos, tachuríes,
doraditos, burlistos,
churrinche, viudita,
monjitas, dormilonas,
yetapás,
sobrepuesto, benteveos,
anambés,
tuerés y
tijeretas) presentan
aproximadamente
45 especies de muy
variadas formas
y coloridos. La
familia Corvidae
(urracas) está presente con una
especie; la Vireonidae
(juan chiviro y
chiví), con
dos; la familia
Turdidae
(zorzalitos y zorzales),
con tres, y la familia
Mimidae (calandrias) con dos especies de presencia
permanente en el
área. La
familia Motacillidae
incluye a las cachirlas,
cuyo parecido entre
sí es bastante
marcado dado que
todas tienen el
dorso parduzco,
la parte ventral
más o menos
ocrácea y
el pecho con líneas
oscuras. Esta familia
cuenta con tres
especies en el Parque.
La familia Fringillidae, cuyos nombres comunes son: verderón,
cabecita negra,
cardelina y negrillo,
muestra sólo
al cabecita negra
común (Carduelis
magellanica);
la familia Parulidae,
que agrupa a
los pitiayumí
y arañeros,
presenta cuatro
especies en el Parque.
Una de las familias
más numerosas
es la Emberizidae,
que comprende a
los llamados comúnmente
chingolos, cachilo,
cerqueros, cardenales,
cardenilla, mielero,
saí, fruteros,
piorós, tangarás,
fuegreros, celestino,
naranjero, tersina,
diadema, afrecheros,
cachilo, pepiteros,
comesebo, yal, soldadito,
monterita. sietevestidos,
jilguero, coludo,
verdón, corbatita,
capuchino, reinamora,
espiguero y piquito
de oro. Esta familia
tiene aproximadamente
treinta especies
residentes en el
área protegida,
con una pocas de
presencia no confirmada.
La
nómina de
familias de aves
finaliza con la
mención de
los ictéridos
-familia Icteridae-
que son conocidos
con los nombres
comunes de boyero,
yapú, matico,
boyerito, tordo,
loica, varillero,
pecho colorado,
pecho amarillo,
federal, chopí
y charlatán.
Esta familia incluye
varias especies
de aves cuyas características
generales son el
gregarismo, la bullanguería,
el plumaje vistoso
con predominio del
color negro y la
construcción,
por algunos de ellos,
de grandes nidos
colgantes muy llamativos.
Cuentan con unas
diecinueve especies
en el Parque, una
de las cuales requeriría
confirmación,
en tanto dos -el
matico (Icterus
icterus) y el
tordo amarillo (Xanthopsar
flavus)- han
sido citadas sólo
para este Parque.
Si
bien todos los grupos
faunísticos
están presentes
con abundantes especies,
incluso muchas de
ellas raras y de
hábitat exclusivo
en este Parque,
las aves tal vez
sean el grupo mejor
representado.
Recursos
culturales
Antiguamente,
el noreste de la
zona chaqueña
estuvo ocupado por
pueblos indígenas
pertenecientes a
una gran familia
lingüística
integrada por varias
comunidades de origen
patagónico,
que se identifica
con el nombre de
guaycurú.
Mas
no todos esos pueblos
se quedaron en el
lugar, sino que,
por el contrario,
algunos extendieron
su hábitat
fuera de lo que
hoy es territorio
argentino, como
por ejemplo los
belicosos abipones.
Sólo permanecieron
hasta nuestros días
los mocovíes
y, en mayor número,
los tobas y los
pilagáes
(Canals Frau,
1986). El primitivo
lugar de residencia
de los abipones
fue la ribera septentrional
del río Bermejo
inferior. Se sabe
que a comienzos
del siglo XVII adoptaron
el caballo y comenzaron
a trasladarse combatiendo
a otras poblaciones
indígenas
y españolas.
De este período
quedan los testimonios
del padre Dobrizhoffer,
quien tuvo contacto
permanente con ellos
desde 1750 a 1762.
La información
más abundante
que se tiene de
estos habitantes
primigenios proviene
de los escritos,
en latín,
de este célebre
misionero que los
tituló “Historia
de Abiponibus”.
También los
tobas adoptaron,
por la misma época
que los abipones,
el caballo, y su
población,
que ocupaba todo
el actual territorio
formoseño,
se concentró
en el
este del
mismo, ocupando,
por ende,
las tierras
del área
actualmente protegida.
Los
pilagáes
son los únicos
guaycurúes
que todavía
conservan parte
de su cultura. Viven
desde hace varios
siglos en la parte
central de Formosa,
sobre la margen
del río Pilcomayo,
y se extendien hasta
el estero Patiño.
Según
lo expresado por
Métraux (1944),
debido a la gran
riqueza biológica
de nuestro chaco
oriental, la recolección
de productos agrestes
fue la forma de
vida casi exclusiva
de estos aborígenes.
Según Palavecino
(1933), que convivió
algún tiempo
con los pilagáes,
los productos más
buscados eran los
frutos del algarrobo,
del chañar,
del mistol, de la
tusca (nombre que
le daban a la Acacia
caven), del
molle y los cogollos
de palmera. Las
mujeres se dedicaban
a su recolección
y, al decir del
citado autor, utilizaban
como recipientes
para trasportarla
grandes bolsas confeccionadas
con caraguatá
y cuero de pecarí.
También gustaban
de la miel y de
la carne, principalmente
de tapir, de venado y de pecarí. La forma
de cazar era muy
primitiva en cuanto
a la utilización
de armas; sólo
usaban la macana
–esto también
vale para los mocovíes–
para asestar un
fuerte golpe a los
animales que pasaban
por el único
lugar posible, dado
que los iban cercando
con fuego. También
utilizaron el arco
y la flecha y practicaban
la pesca valiéndose
principalmente de
redes.
En
cuanto a la lengua
de los tobas, es
conocida gracias
al padre Bárzana,
que a fines del
siglo XVI redactó
“Arte y Vocabulario
de la lengua Toba”,
obra que permaneció
inédita por
mucho tiempo hasta
que el historiador
Lafone Quevedo la
publicó en
1893, utilizando
el manuscrito que
aún se conserva
en la Biblioteca
Bartolomé
Mitre.
Avanzando
más en el
tiempo, la región
donde actualmente
se encuentra el
Parque fue base
para el asentamiento
de productores agroforestales
desde fines del
siglo XIX, promovido
por un hecho histórico.
En 1879, la Villa
Occidental (hoy
Presidente Hayes)
pasó a jurisdicción
del Paraguay. Esta
situación
obligó a
fundar las ciudades
de Formosa y Fortín
Fotheringham (hoy
ciudad de Clorinda),
frente a Asunción.
Esto estimuló
la colonización
del este formoseño
que, hasta entonces,
estaba enteramente
ocupado por los
aborígenes
mencionados precedentemente.
Antes
de la fundación
de aquellas ciudades,
la zona había
sido penetrada por
los obrajeros asunceños
para extraer madera
de las selvas ribereñas.
En 1871 existían
18 obrajes en la
región y, a comienzos del siglo XX, abundaban las chacras con plantaciones
de cítricos
sobre las márgenes
de río Pilcomayo
(Fasce, 1982 y Elguera,
1999).
Podría
decirse que este
proceso de colonización
agrícola
tuvo su culminación
con la fundación
de la misión
“Tacaaglé”,
en 1902, que se
expande sobre vastas
zonas del actual
Parque Nacional.
Como
consecuencia de
esta intrusión en el territorio formoseño,
ya a principios
del siglo XX comenzaron
a desaparecer especies
como el lobo gargantilla
(Pteronura brasiliensis),
el venado de las
pampas (Ozotoceros
bezoarticus),
el ciervo de los
pantanos (Blastocerus
dichotomus)
y el yaguareté
(Leo onça).
Los avistajes posteriores
de estos animales
fueron siempre muy
esporádicos.
Alternativas
turísticas
En
el área recreativa
Laguna Blanca hay
un campamento con
mesas, sanitarios
y fogones. Desde
este sector se accede
a pasarelas de madera
que aproximan al
visitante a las
márgenes
de la laguna, donde
las posibilidades
de avistar aves
y cobrar buenas
piezas de caza fotográfica
son grandes. Tal
vez algún
yacaré asome,
cauteloso, su hocico
y sus ojos, o esté
tomando sol entre
la vegetación
flotante de la laguna.
También
existe un mangrullo
que brinda una hermosa
vista panorámica
de la laguna y los
ambientes que la
circundan, como
guajozales, totorales
y las isletas de
bosque que se presentan
como manchas verdosas
salpicadas de tanto
en tanto por palmares
de caranday. Es
aconsejable ver,
desde este lugar,
los espectaculares
atardeceres cuyas
fotografías
se difunden en folletos
y publicaciones.
Desde
las cercanías
de la zona del camping
parten algunos senderos
que merecen ser
recorridos. Entre
ellos se destaca
el sendero a la
Laguna Blanca, al
que se entra por
pasarelas que atraviesan
un peguajozal donde,
con un poco de paciencia
y de cautela, muy
probablemente se
puedan observar
carpinchos y yacarés.
El
sendero “Los
Tesoros Ocultos
de la Naturaleza”
recorre una porción
de monte con posibilidad
de ver gran variedad
de aves.
Para
efectuar otros recorridos
por el interior
del Parque es conveniente
asesorarse con los
guardaparques, quienes
aconsejarán
los mejores itinerarios
disponibles en ese
momento.
Cómo
llegar
Quienes
provienen de Formosa
(capital provincial)
deberán tomar
la ruta nacional
Nº 11 hasta
la localidad de
Clorinda. Desde
allí, la
ruta nacional Nº
86 los conducirá
hasta cerca del
límite sur
del Parque, en la
localidad de Naick
Neck. Desde este
punto se deberá
tomar un camino
vecinal que llega
al Parque después
de recorrer unos
4 kilómetros.
Existe
otra entrada que
se encuentra cerca
de la localidad
de Laguna Blanca:
se trata del Destacamento
de Guardaparques
Estero Poí,
a la cual se llega
también por
la ruta 86.
Problemas
de conservación
Se
puede decir que,
en alguna medida,
el Parque Nacional
Río Pilcomayo
nació con
su ambiente seriamente
alterado. Como se
indica en el ítem
referente a la creación del Parque, ésta
se concretó
-en los papeles-
en septiembre de
1951, cuando Formosa
todavía era
Territorio Nacional.
La ley de creación
le asignó
285.000 hectáreas.
La protección
del lugar comenzó
a ponerse en práctica
trece años
después,
cuando Formosa ya
era provincia. Durante
ese período,
el área siguió
modificándose
profundamente por
la actividad agropecuaria,
en tanto los centros
urbanos como Clorinda,
Laguna Blanca y
Naick Neck aumentaban
su población
y se instalaban
colonos en el área
protegida. Luego,
la provincia
influyó
para que se redujera
su superficie a
las actuales 52.000
ha, ofreciendo a
cambio 10.000 ha
en el oeste de la
provincia (lo que
dio origen a la
Reserva Natural
Formosa). El problema
de la hacienda de
los pobladores que
estaban dentro del
Parque tardó
muchos años
en solucionarse
y, mientras esto
no ocurría,
el ganado producía
grandes alteraciones
en el ambiente,
e incluso se convirtió
en hacienda chúcara
en la soledad del
monte.
Sólo
en 1991, cuando
las cuestiones legales
finalizaron y los
ganaderos debieron
retirar sus animales,
el problema llegó
a su fin y la recuperación
del área
fue notable. No
obstante, hasta
hace poco tiempo
aún quedaba
ganado o se producía
su ingreso esporádico
en algún
sector del Parque.
Algunos
pobladores de la
cercana localidad
de Laguna Blanca
incursionan en el
área en busca
de leña o
madera y se dan
casos de caza furtiva.
Ante esta situación,
se intensificaron
las tareas de control
y se recurrió
al sistema de prevención
más sustentable
en el tiempo: la
difusión
entre las poblaciones
cercanas de la importancia
de un área
protegida y de los
beneficios indirectos
que les puede proporcionar
su permanencia.
La
vecindad del límite
norte del Parque
con la República
del Paraguay constituye
un problema, dadas
la diferencias en
las políticas
de conservación
y legislativas entre
aquel país
y la Argentina.
Hay sectores donde
el río Pilcomayo
apenas alcanza los
30 metros de ancho,
lo cual facilita
el paso de animales,
tanto domésticos
como salvajes. Puede
ocurrir que un animal
autóctono,
con sólo
cruzar el hilo de
agua, se encuentre
en un territorio
donde no cuenta
con la protección
que le ofrece el
Parque Nacional
del lado argentino.
El
fenómeno
de insularidad que
sufren muchas áreas
protegidas de la
Argentina también
afecta a este Parque
Nacional. En efecto,
la unidad se encuentra
totalmente rodeada
de campos en los
que se realizan
actividades agropecuarias,
por lo cual el tránsito
de la fauna hacia
otros sectores agrestes
no es posible, además
de carecer, por
este mismo motivo,
de zonas que amortigüen
la actividad antrópica.
La
extinción
de especies en un
área preservada
de tamaño
reducido es uno
de los grandes problemas
que las afectan.
En este orden, resulta
atinado considerar
la diferencia que
existe entre las
especies de anfibios
y reptiles, que
por ser ectotermas
(poseen un metabolismo
bajo) pueden mantener
poblaciones numerosas
en pequeños
espacios, con respecto
a las endotermas
(especies de mamíferos
y de aves), con
mayor demanda metabólica,
a las que les cuesta
mucho más
mantenerse en una
superficie relativamente
pequeña.
De este segundo
grupo, los mamíferos
de mayor tamaño
son los más
afectados por esta
cuestión
(Wilcox,1980).
Los
especialistas como
los frugívoros,
o los que comen
cantidades de insectos
en o cerca del suelo,
también están
más expuestos
a extinguirse en
áreas de
tamaño reducido
(Willis,1979).
El
avance del pastizal
sobre otras formaciones
también constituye
un fenómeno
recurrente un muchos
parques y reservas,
tanto nacionales
como de otro rango.
En el caso del área
que nos ocupa, esto
ocurre y los técnicos
ven en el fuego
controlado casi
la única
solución
al problema. El
sistema de manejo
del fuego ya se
está experimentando
en otras áreas
y los resultados
son satisfactorios.
También se
había analizado
la posibilidad de
reintroducir el
venado de las pampas
(Ozotoceros bezoarticus)
y el ciervo de los
pantanos (Blastocerus
dichutomus) para que ejerzan la función
de herbivoría
que otrora cumplian,
pero esta alternativa
es de difícil
concreción
y los resultados
se verían
a más largo
plazo.
La
presencia de especies
exóticas
vegetales como el
paraíso (Melia
azedarach), Echinochloa crusgalli, Mormorica charantia y otras invasoras
como el pasto estrella
(Cynodon sp.) atentan contra la conservación del
área. No
hay especies exóticas
de vertebrados,
a excepción
de las domésticas
y el gando.
No
menos agresivo para
la preservación
del ambiente que
cualquiera de los
problemas expuestos,
es el fuego provocado
por pobladores de
campos vecinos,
o el espontáneo
que puede ocurrir
bajo condiciones
climáticas
propicias.
Los
fenómenos
climáticos
extremos, como grandes
sequías,
inundaciones o tornados,
pueden tener efectos
muy adversos sobre
la fauna (Foster,
1980). Cuando se
producen inundaciones
–la más
común de
las catástrofes
naturales en este
Parque– los
animales mayores
siempre encuentran
lugares donde refugiarse,
dada la gran diversidad
de ambientes de
que disponen.
En
lo que respecta
a los incendios
que pueden producirse
durante las grandes
sequías,
tanto espontáneos
como intencionales,
resulta indispensable
mantener bajo el
nivel de biomasa
vegetal para reducir
al mínimo
sus efectos.
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Investigación
y Textos: Gabriel
Omar Rodríguez
Supervisión
Técnica Honoraria:
Juan Carlos Chebez
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