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EDICION
PROVISORIA
- EN PROCESO
DE DIAGRAMACION
El
pingüino
de Magallanes
Spheniscus
magellanicus
Año
tras año
las costas
patagónicas
reciben
la visita
de enormes
contingentes
de pingüinos
que abandonan
la vida
marítima
y colonizan
terrenos
adecuados
para anidar
y para
criar
a los
pichones.
Por lo
general
eligen
las playas
inclinadas
o las
laderas
de los
cañadones,
que facilitan
las frecuentes
incursiones
de pesca
en el
mar. Bahía
Camarones,
Punta
Tombo,
Punta
Cero,
Punta
Rojo y
Punta
Clara,
en la
provincia
del Chubut;
las islas
Pingüino
y de los
Pájaros
-frente
a Puerto
Deseado-,
Cabo Vírgenes
y Punta
Entrada,
en Santa
Cruz;
las costas
de las
islas
Malvinas
y de los
Estados
se convierten
bruscamente
en gigantescas
pingüineras
que, a
partir
de setiembre
y hasta
el fin
del verano,
incorporan
a su paisaje
la presencia
multiplicada
de estos
peculiares
"pájaros
niños",
de espaldas
negras
y pecheras
blancas,
que no
pueden
volar
y, en
cambio,
nadan
con la
habilidad
de los
peces.
Ocupación
de los
nidos
La instalación
es bulliciosa.
Muchas
de las
hembras
llegan
ya fecundadas
-es posible
que el
apareamiento
haya tenido
lugar
en alguna
isla o
costa
en la
que el
grupo
de su
viaje
rumbo
a la pingüinera-;
otras
son fecundadas
después
de llegar.
Lo cierto
es que
los rituales
de galanteo
y la ruidosa
rivalidad
entre
machos
se prolongan
durante
largo
tiempo.
Los días
que median
entre
la llegada
del grupo
y la postura
de los
primeros
huevos
se dedican
a la búsqueda
y acondicionamiento
de los
albergues.
Son momentos
de extrema
actividad
y frecuentes
escaramuzas.
Las parejas
ya consolidadas
localizan
el viejo
nido y
se ocupan
de remozarlo.
Las parejas
nuevas
buscan
un buen
sitio
para cavarse
uno. Algunos
machos,
en vez
de utilizar
el nido
del año
anterior
-tal vez
demasiado
alejado
de la
costa-,
se traban
en furiosas
peleas
por conseguir
una mejor
ubicación.
Los mejores
suelos
para cavar
un nido
son los
de tipo
arcilloso
porque
permiten
construir
cuevas
consistentes,
capaces
de resistir
hasta
la siguiente
migración.
Los terrenos
arenosos,
en cambio,
demasiado
sueltos,
son una
constante
amenaza
de desmoronamientos
y de voladuras.
Macho
y hembra
emprenden
juntos
la excavación
y se turnan
en la
ardua
tarea.
Cavan
acostados
en el
suelo,
apoyados
sobre
uno de
los flancos
y tapando
con el
cuerpo
la entrada
a la cueva.
Se valen
exclusivamente
de la
pata que
queda
libre:
con las
uñas
arañan
el suelo
y arrojan
al aire
el material
suelto.
Poco a
poco ese
agujero
de base
ancha
y altura
escasa
se irá
prolongando
hacia
adentro
en un
túnel
de al
más
de medio
metro
de profundidad
que constituirá
la verdadera
cámara
de incubación
de los
huevos.
Cuando
el nido
esté
terminado
la pareja
se encargará
de recorrer
la playa
en busca
de despojos
y poco
a poco
irá
acumulando
a la entrada
huesos,
astillas,
hierbas
secas,
plumas,
que proporcionarán
abrigo
y resguardo.
Durante
este período
previo
a la incubación,
macho
y hembra
-que suelen
mantenerse
unidos
a lo largo
de toda
la vida-
prolongan
el comportamiento
propio
del cortejo.
Es frecuente
verlos
unir los
picos
y agitar
los cuerpos
de derecha
a izquierda,
meciéndose
rítmicamente
sin soltarse.
La construcción
de un
nido exige
un notable
esfuerzo,
pero un
buen nido
podrá
alojar
a la pareja
durante
varios
años.
Machos
y hembras
lo reconocen
perfectamente
entre
los cientos
de miles
de nidos
de la
pingüinera,
y cada
primavera
se ocupan
de reacondicionarlo
o de reconstruirlo
si se
ha desmoronado.
Ciertos
nidos,
sin embargo,
especialmente
ventajosos
y protegidos,
intentan
ser ocupados
por otras
parejas
cuyos
albergues
tal vez
están
ubicados
a quinientos
o seiscientos
metros
de la
orilla,
lo que
los obliga
a recorrer
muchas
veces
al día
un larguísimo
trayecto
en busca
de alimento.
Los dueños
originales
del nido
codiciado
oponen
resistencia
a los
invasores
y es entonces
cuando
se destacan
enérgicas
peleas.
En ocasiones,
cuando
los suelos,
excesivamente
duros
o excesivamente
sueltos,
no permiten
cavar
un albergue,
los pingüinos
de Magallanes
aprovechan
de buen
grado
el refugio
que les
ofrece
la vegetación.
En la
isla de
los Pájaros
anidan
al pie
de los
arbustos
zampa,
a menudo
en sociedad
con colonias
de biguás,
que, en
cambio,
utilizan
la copa
de las
matas.
En Punta
Tombo
es común
verlos
anidar
bajo matas
de yaoyín,
matas-laguna
y molles,
o, en
terrenos
de ripio,
bajo matas
de quilembai.
Todos
estos
arbustos
resultan
albergues
convenientes,
ya que
resguardan
a huevos
y pichones
de los
depredadores
aéreos,
como el
petrel
gigante
y la gaviota
cocinera.
La colonia
deja marcada
la huella
de su
paso en
el manto
vegetal:
el constante
pisoteo,
las deyecciones
y las
excavaciones
erosionan
el suelo
provocando
la desaparición
de los
pastos
y la disminución
de los
demás
vegetales.
Cuando
los animales
regresen
al mar
dejarán
a sus
espadas
una vegetación
devastada,
que deberá
disponer
de sus
cinco
meses
de ausencia
en el
invierno
para recuperar
bríos.
La llegada
de los
pingüinos
modifica
notablemente
el paisaje
y le da
una fisonomía
característica.
La colonia,
muy numerosa
por lo
general
-en Punto
Tombo
se cuentan
más
de un
millón
de individuos-,
ocupa
masivamente
el terreno.
Pausados
y ceremoniosos
fuera
del agua,
con la
solemnidad
que les
imponen
su voluminoso
cuerpo
y sus
patas
cortas,
los pingüinos
patagónicos
se desplazan
erguidos
sobre
las puntas
de los
pies,
tocando
casi el
suelo
con la
rabadilla,
y descansan
cada tanto
apoyando
toda la
planta.
Los más
apurados,
como no
pueden
volar,
se echan
de bruces
y se deslizan
sobre
el pecho,
o bien
recurren
desesperadamente
a sus
cuatro
miembros,
impulsándose
a la vez
con los
pies y
con las
alas.
La orilla
se puebla
de ejemplares
que hacen
un alto
en ella
al salir
del agua
para engrasarse
minuciosamente
las plumas.
El ámbito
se colma
día
y noche
de sonidos
nuevos.
A menudo,
apostados
a la entrada
del nido,
los pingüinos
emiten
su llamado,
un ruidoso
trompeteo
parecido
a un rebuzno.
Y no están
solos,
por supuesto.
La Patagonia,
ventosa,
polvorienta
y desértica,
no resulta
demasiado
generosa
para las
especies
que buscan
su alimento
en la
tierra,
pero,
en cambio,
alberga
en sus
costas
una variada
fauna
de aves
y mamíferos
marinos
atraídos
por la
abundancia
de otras
especies
que aprovechan
el plancton,
constituido
por pequeños
vegetales
y animales
que se
hallan
en la
superficie
y que
en este
caso es
arrastrado
desde
el sur
por la
corriente
fría
de las
Malvinas.
Es por
eso que
el pingüino
de Magallanes
comparte
su hábitat
de verano
con muchas
otras
especies.
En el
mar lo
hace con
sus presas
-los calamares,
los pulpos,
los pejerreyes,
las sardinas-
y con
su temible
depredador
-el leopardo
marino-,
además
de otros
integrantes
de la
fauna
acuática
del mar
argentino.
En tierra,
con sus
depredadores
-el petrel
gigante,
la gaviota
parda,
la gaviota
cocinera,
los gaviotines
y la paloma
antártica-,
pero también
con otras
especies
de aves
asociadas
que no
forman
parte
de su
cadena
alimentaria.
Los ostreros
y los
cormoranes
-especialmente
el cormorán
biguá-
son una
presencia
habitual
en las
pingüineras,
y no es
extraño
que una
colonia
de nidificación
y cría
de biguás
coincida
total
o parcialmente
con una
de pingüinos.
Tampoco
es extraño
encontrar
lobos
o elefantes
marinos,
y algunos
observadores
han notado
que en
las pingüineras
es frecuente
que abunden
los chingolos,
que se
alimentan
y alimentan
a sus
crías
con los
parásitos
que suelen
invadir
el plumaje
de los
pingüinos
en la
época
de nidificación.
Los
huevos
A fines
de setiembre
las hembras
ponen
un huevo
de color
blanco,
apenas
teñido
de verde
azulado,
y, cuatro
días
después,
un segundo
huevo.
Ocasionalmente
puede
verse
un nido
con cuatro,
pero en
esos casos
no cabe
duda de
que se
trata
de un
robo o
de una
adopción,
ya que
ninguna
hembra
pone más
de tres.
Gran
parte
de esos
huevos
serán
destruidos
y comidos
por la
gaviota
cocinera,
que los
incluye
en su
dieta
de verano.
Muchos
otros
se perderán
por roturas
accidentales
en el
curso
de peleas,
bastante
frecuentes
en las
zonas
más
densamente
pobladas
de la
colonia.
El pingüino
de Magallanes
defiende
vigorosamente
su pequeño
territorio
y la escasez
de espacio
-a veces
pueden
contarse
hasta
ochenta
nidos
en una
superficie
de cien
metros
cuadrados-
torna
más
ásperas
las relaciones
entre
machos
vecinos.
Menudean
las invasiones,
los robos,
los picotazos.
A veces
la presencia
de algún
enemigo
de otra
especie
al que
no amedrentan
los picotazos
hace que
el pingüino
huya de
su nido
y corra
a refugiarse
en el
de algún
vecino;
en esos
casos
su suerte
suele
depender
de su
sexo:
si se
trata
de una
hembra
la actitud
de los
invadidos
es de
tolerancia,
si el
refugiado
es un
macho
se lo
desaloja
sin contemplaciones.
Otras
veces
el detonante
del altercado
es un
robo:
se han
visto
pingüinos
llevándose
huevos
ajenos
apretados
con las
aletas
contra
el vientre;
si la
pareja
despojada
descubre
al ladrón
lo encara
decididamente
a picotazos.
Los combates
se extienden
a veces
durante
horas,
con ruidoso
entrechocar
de picos
y a menudo
notable
daño
físico
para los
combatientes.
El peso
de la
lucha
recae
habitualmente
en el
macho;
la hembra
permanece
por lo
general
temblorosa
junto
a su compañero,
aguardando
el desenlace.
En medio
de ese
clima
de agitación,
en el
que machos
y hembras
deben
proteger
incesantemente
al nido
de la
invasión
de gaviotas
y petreles
y de la
codicia
de otros
pingüinos,
comienza
la incubación.
Una vez
más
macho
y hembra
comparten
el trabajo.
Ambos
poseen
una zona
del vientre
desprovista
de plumas,
un "parche
de incubación",
que resulta
un estupendo
radiador
por el
que esos
cuerpos,
especialmente
adaptados
para conservar
el calor,
pueden
liberarlo
y transmitirlo
a los
huevos.
Los padres
se muestran
minuciosos:
los huevos
son volteados
de tanto
en tanto
durante
la noche
para que
reciban
en forma
pareja
el calor
que emana
del parche
y son
aireados
durante
el día
si la
temperatura
es elevada.
La alternancia
entre
macho
y hembra
en la
incubación
no manifiesta
gran regularidad,
pero al
parecer
la primera
y la última
semanas
de la
misma
quedan
siempre
a cargo
de la
hembra.
Durante
ese período
el macho
se ocupa
de traerle
alimento
a su compañera
y de defender
el territorio.
La pareja
que pierde
sus huevos
no reincide
en la
postura
y un par
de días
después
abandona
el nido.
Búsqueda
del alimento
Para el
pingüino
de Magallanes
resulta
deseable
que el
terreno
en que
se encuentra
el nido
no esté
demasiado
distanciado
de la
costa;
la especie
no tolera
un alejamiento
permanente
del mar.
Todo alimento
proviene
del mar.
Innumerables
veces
durante
el día
-y en
ocasiones
incluso
de noche-
los pingüinos
recorren
el camino
que media
entre
los refugios
y el agua
y regresan
al mar
para pescar.
Esto implica
un esfuerzo
considerable,
teniendo
en cuenta
lo penosa
que les
resulta
la locomoción
terrestre
y lo alejados
de la
costa
que están
algunos
nidos.
Para
aliviar
al menos
en parte
el recorrido
suelen
trazar
senderos
que van
del mar
a los
albergues,
por los
que los
miembros
de la
colonia
avanzan
en fila
india.
Esos senderos
son un
bien común
y todos
se encargan
de mantenerlos
en buenas
condiciones,
libres
de obstáculos:
toda piedra
o rama
que caiga
en ellos
será
apartada
por el
pico del
primer
pingüino
que pase
por allí.
El "pájaro
niño",
que es
presa
fácil
en tierra,
cobra
en el
agua una
agilidad
extraordinaria.
La torpeza
y en adaptación
perfecta.
Su cuerpo
voluminoso
resulta
un insuperable
conservador
de calor,
gracias
a la gruesa
capa de
grasa
que almacena
debajo
de la
piel y
a la compacta
manta
de plumas
que lo
cubre.
La constante
lubricación
de esas
plumas
con el
aceite
que segrega
la glándula
uropigia
lo torna
prácticamente
impermeable.
Por otra
parte,
como las
plumas
aprisionan
una capa
importante
de aire,
los intercambios
térmicos
con el
agua fría
se hacen
a través
de esa
almohadilla
aérea,
que amortigua
considerablemente
el rigor.
Podría
decirse
que cuando
el pingüino
está
en el
agua la
mayor
parte
de la
superficie
de su
cuerpo
no entra
en contacto
directo
con ella
y que
sólo
las aletas,
el pico
y las
patas
pierden
calor.
Todos
estos
mecanismos
de conservación
del calor
-sumados
a una
red muy
sutil
de circulación
sanguínea
que facilita
la regulación
térmica-
permiten
a este
organismo
mantener
su temperatura
vital
en los
fríos
mares
australes.
Las alas,
aplanadas,
pesadas
y cortas,
casi inútiles
en la
vida terrestre,
incapaces
de hacerlo
remontar
vuelo
en el
aire,
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